Francia, Hong Kong y Puerto Rico: cuatro lecciones

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Durante el último año, Francia, Hong Kong y Puerto Rico, entre varios otros lugares los cuales no recibieron la misma cobertura en los medios internacionales, han sido cada una la escena de grandes movimientos de manifestaciones populares en protesta contra sus respectivos gobiernos.  Aunque cada uno de estos casos tiene sus características particulares, lo cierto es que sus muchas similitudes apuntan hacia una tendencia general a nivel mundial.

Francia es una potencia imperialista cuya clase dominante lleva a cabo la explotación de trabajadores en todo el mundo.  Es también un país con una larga historia de luchas revolucionarias realizadas por los trabajadores.  El más reciente brote de manifestaciones masivas encabezadas por los chalecos amarillos surgió como expresión de la acumulación de las mismas tensiones sociales que desembocaron previamente en protestas y huelgas por las masas trabajadoras, como el repudio masivo de la infame ley “El Khomri” o loi travail, una medida anti obrera aprobada en 2016 que derogó muchos derechos adquiridos de los trabajadores, y las huelgas ferroviarias que sacudieron el país entre abril y junio del 2018, entre otras acciones. 

Hong Kong, ubicada en la costa sureste de China, es una antigua colonia británica que desde 1997 tiene estatus de región semi autónoma.  El área, densamente poblada y que consiste en una península y varias islas pequeñas, es un importante centro de comercio y finanzas internacionales.  Es, además, un lugar de gran desigualdad social la cual se manifiesta de manera particularmente aguda en la vivienda. La combinación de estos factores ha llevado a Pekín a coartar derechos democráticos básicos, particularmente a raíz de sus crecientes choques en el plano internacional con el imperialismo estadounidense.  Fue la imposición de estas restricciones sobre los derechos democráticos que fueron la chispa para las manifestaciones masivas que sacudieron a Hong Kong en 2014, la llamada revolución de los paraguas encabezada por estudiantes.  La masiva oposición a una propuesta ley de extradición, que durante los últimos dos meses ha llevado a las masas a volver a tomar las calles, no solamente ha desenmascarado el fraude de la democracia en la región semi autónoma sino también, particularmente a raíz de las recientes acciones huelguísticas que surgieron desde el sector del transporte a favor las protestas, las intensas presiones que enfrentan los trabajadores. 

En Puerto Rico también, las manifestaciones masivas que resultaron en la renuncia de Rosselló después de la filtración del infame chat sólo pueden entender como la continuación del proceso de intensificación de profundas tensiones sociales.  Las recientes jornadas del Primero de Mayo además de la huelga universitaria de 2017 fueron signos inconfundibles de la acumulación de dichas tensiones en una sociedad caracterizada por una marcada desigualdad social y una corrupción gubernamental descarada. 

Hay varias lecciones que deben sacarse de estas experiencias recientes.

Primero, un análisis objetivo de la situación a nivel mundial apunta hacia el comienzo de un nuevo auge en el proceso de lucha de clases a nivel internacional.  Los acontecimientos a los que aludimos arriba no son de manera alguna aislados.  Los signos del creciente descontento con el orden actual, el orden capitalista, se reflejan en un sinnúmero de países en que surgen ‘espontáneamente’ brotes de oposición masiva a los gobiernos.

Segundo, aunque en muchos casos estas expresiones populares cobran la forma de reclamos democráticos en sus inicios, la creciente desigualdad social ha sido un consistente factor detrás de su masificación.  En otras palabras, no existen ‘murallas chinas’ que dividen las demandas políticas y económicas de las masas trabajadoras.  Aunque la chispa inicial puede surgir del campo político, como demuestran los ejemplos de Hong Kong y Puerto Rico, también puede ser que una cuestión económica, digamos el impacto directo en el bolsillo ocasionado por un impuesto sobre el combustible, desemboque en un movimiento de masas que exige profundos cambios políticos.

Si bien los comentaristas tanto en Francia como Puerto Rico resaltaron lo que llamaban la falta de liderato de las protestas, lo que demuestra esa observación superficial es el creciente rechazo por las masas de las viejas estructuras burocráticas tanto del sindicalismo derechista y colaborador como de muchas de las organizaciones de la izquierda tradicional.  La tercera lección que podemos sacar de estas experiencias es la necesidad de una reorganización de las fuerzas trabajadoras fuera de las viejas estructuras que durante varias décadas han llevado a las masas a innumerables traiciones. 

Si bien estos eventos refutan el mito de que las clases trabajadoras están condenadas a aceptar pasivamente el empeoramiento de las condiciones económicas y políticas que emanan del orden capitalista, también muestran que los grandes movimientos populares requieren mucho más que energía masiva.  Las masas en cada uno de los casos destacados aquí demostraron valentía y voluntad de lucha.  En todos los casos incluso desafiaron y confrontaron al brazo represivo del estado capitalista.  Lo que ha faltado es una perspectiva y un programa político claro capaz de canalizar la enorme energía de masas hacia no solo unos objetivos inmediatos sino también la transformación revolucionaria de la sociedad misma.  La cuarta lección de estas experiencias destacadas, entre otras similares, es la urgente necesidad de una nueva dirección política capaz de  vincularse con y comunicarles a los trabajadores un programa revolucionario basado en el internacionalismo y el socialismo científico.

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