Capitalismo y corrupción – dos caras de una misma moneda

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Por Carlos Borrero

«A la civilización capitalista no hay que verla en las metrópolis, donde va disfrazada, sino en las colonias, donde se pasea desnuda» 

  C. Marx

Lo que ha distinguido históricamente a los politiqueros capitalistas en lugares como Puerto Rico de sus colegas en países desarrollados como EEUU es el descaro con que los primeros llevan a cabo sus fechorías.  Decimos históricamente porque bajo la administración de Trump la política en EEUU ha llegado a un nuevo nivel de bajeza.  Aun así, los recientes escándalos de corrupción en la colonia resaltan una verdad muy conocida entre las masas populares en Puerto Rico: los que se meten a la política, lo hacen para robar.

Desde los empleados fantasmas en el senado colonial hasta las más recientes revelaciones del saqueo de $15.5 millones por las más altas oficiales del DE y la ASES en complicidad con intereses privados, las últimas semanas han sido una importante escuela para las masas trabajadoras en Puerto Rico.  A estos ejemplos de criminalidad gubernamental podemos añadirles el trama de los infames furgones de suministros de doña Beatriz además de las más recientes poca vergüenzas de Ricky y su corrillo en el chat de Telegram.

A su nivel más básico, estos escándalos resaltan el desdén que sienten la clase dominante y sus defensores políticos hacia las masas trabajadoras y de pobres en general.  En un país con tanta pobreza y necesidad; donde acaban de cerrar 400 escuelas, y muchas de las que sobreviven se encuentran en estado avanzado de deterioro; donde faltan materiales básicos a los alumnos y la fuerza laboral escolar, a pesar del gran esfuerzo que hace, vive en condiciones de precariedad con salarios de hambre y una jubilación incierta; el que la tan mentada ¡y bien remunerada! contratista nombrada por Rosselló para dirigir el DE sea el centro de un esquema de saqueo de fondos destinados al sistema de educación para el lucro propio no debe ser causa para la «indignación» sino un llamado para la inmediata organización revolucionaria de las masas trabajadoras.

Lo mismo podemos decir del caso de la ASES, particularmente en el contexto del descalabro de los sistemas de salud que caracteriza el mundo capitalista entero a pesar de los increíbles avances en la ciencia y la tecnología modernas.  Robarse chavos destinados al sistema de salud cuando en lugares como Vieques no hay ni un centro médico, y donde sí hay servicios médicos en la colonia la mayoría de éstos son completamente insuficientes, es otro ejemplo más de la crueldad con que los capitalistas y sus defensores tratan a los trabajadores. 

El hecho concreto de que los fondos saqueados en estos esquemas tienen la designación de ser federales ha provocado gran preocupación entre la gente común, particularmente el más del 50% de la población que depende de los escasos recursos que proveen los programas de ayuda como Medicaid, Medicare y PAN para vivir. 

Entre los politiqueros en la colonia, claro está, más que vergüenza, lo que les pesa es el temor de que «la imagen dañada» de Puerto Rico ante sus benefactores estadounidenses en el Congreso  – el mismo Grijalva ha encontrado causa común con Trump al reconocer el nido de corruptos que administra la colonia – se les haga más difícil el guiso que tienen desviando los chavos federales a sus amigos del alma.

Sin embargo, no es suficiente, como suele ocurrir con el discurso político oficial en la colonia, analizar estos acontecimientos desde la perspectiva estrecha de los supuestos defectos de carácter de los individuos – la avaricia de los imputados, la inmadurez de Rosselló y sus allegados, la arrogancia de los millennials, la falta de calle, canas, etc. en la administración actual – o las abundantes teorías de conspiración – el tiburón Schatz y la vieja guardia de la palma acaban de darle un golpe de estado a Rosselló.  

No cabe duda de que muchas de estas figuras públicas encarnan la prepotente indiferencia y la criminal amoralidad que inspiran tanta ira entre la gente honesta y trabajadora.  También es cierto que las intrigas de palacio son una parte muy común de la política capitalista en todo el mundo. 

Aun así, no hay murallas chinas entre la psiques individual o la colectiva, por un lado, y los procesos políticos más amplios, por el otro.  Más bien, la intersección entre la psique individual y los fenómenos políticos y sociales más amplios sólo puede encontrarse en el mundo material.  Por eso, el fenómeno de la corrupción gubernamental no se explica como el desenlace de la conducta amoral de uno u otro individuo lo mismo que no debe creerse nadie en Puerto Rico que habría menos actos delictivos entre funcionarios estatales bajo una administración popular.  ¿Acaso nadie se acuerda de Anaudi Hernández?  El descontento popular con Rosselló puede o no resultar en su renuncia, pero con eso no se acaba el problema de la corrupción. 

La verdadera raíz de la corrupción gubernamental que se ve tanto en Puerto Rico como en el resto del mundo se encuentra en el capitalismo mismo.  (¡Y es precisamente esto que explica las relativamente bajas fianzas que se les impusieron a los seis imputados particularmente cuando se considera lo rápido que los jueces, al pobre que roba, le trancan y tiran la llave!)

Mientras en los países desarrollados la no menos criminal desviación de recursos públicos para el lucro de intereses capitalistas privados, principalmente los intereses monopolistas, a través del otorgamiento de contratos estatales ocurre con un mayor nivel de sofisticación, lo cual le da un aire de respectability, en el mundo colonial y neocolonial ese mismo proceso asume la forma de una operación mafiosa cruda. 

En términos históricos, el papel del Estado en el mundo colonial y neocolonial, aparte de su principal función como órgano represivo del imperialismo y las clases dominantes nativas contra las masas trabajadoras, ha sido servir de instrumento para la acumulación capitalista.  Como tal, la carrera desenfrenada entre sectores competidores de la élite nativa colonial y neocolonial para directamente ocupar y mantener un control férreo sobre el aparato estatal asume mayor urgencia.  En las colonias, fuera del sector estatal, las oportunidades para la acumulación capitalista por elementos locales son limitadas por la penetración del capital imperialista– en el caso puertorriqueño, aparte de la actividad productiva dentro de unos nichos de la economía local, la élite opera como apéndice del sector bancario internacional, en si repleto de corrupción y vínculos con el narcotráfico, así como las operaciones comerciales de los grandes monopolios imperialistas. 

Precisamente por esta razón, el desarrollo deformado del capitalismo en las colonias hasta ahora ha dejado más al desnudo que en los países capitalistas avanzados la verdadera relación entre el Estado burgués y el sistema de lucro capitalista.  (Habría que conceder que la familia Trump, que ha sido descarado en sus esfuerzas para lucrarse individualmente de su lugar dentro del aparato estatal estadounidense, representa un reto a esta concepción tradicional.)  

A raíz de los acontecimientos alrededor de la comuna de París de 1871, Marx observó en su magistral obra titulada La guerra civil en Francia que «la clase trabajadora no puede simplemente tomar posesión de la maquinaria estatal tal como está, y manejarla para sus propios fines.»   No sólo habrá que destruir toda esa vieja maquinaria estatal propia de las clases explotadoras y sus defensores sino también parir desde la sociedad capitalista misma nuevos órganos de poder estatal verdaderamente representativos de las masas trabajadoras.  Todos los esfuerzos por la clase trabajadora desde entonces para acá para lograr su emancipación han incluido la organización de sus propios órganos de deliberación y ejecución.   

La tarea histórica que los trabajadores en todo el mundo enfrentan hoy es la auto organización, aun así en la forma embrionaria de comités de base, consejos, etc., de nuevos espacios de carácter democrático y proletario, en los que pueden elaborar su propia política, fuera e independiente de esa lodazal de corrupción que componen los Partidos tradicionales y el actual aparato estatal capitalista. 

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