Cambio táctico define la Cumbre del G20 en Osaka

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Foto: Wikimedia

La muy anticipada reunión entre Donald Trump y su homólogo chino, Xi Jinping, en la Cumbre del G20 este fin de semana pasado culminó con el anuncio el sábado de que se reanudarían las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China.  La aparente tregua entre los dos competidores estratégicos sólo representa un cambio táctico.

El viernes antes de la cumbre, el Financial Times informó que el régimen en Pekín, en una movida sorpresiva que presagiaba alguna apertura en el estancamiento entre los dos, había acordado comprar más de medio millón de toneladas de soya a pesar de los aranceles de 25% que China les había impuesto sobre mercancías agrícolas estadounidenses.  Dicha movida fue seguida por el anuncio el sábado de que China se comprometía a comprar una cantidad no especificada de productos agrícolas estadounidenses como señal de buena fe. 

Por su parte, Trump anunció el sábado una moratoria a nuevas tarifas sobre productos chinos, así como la suavización de restricciones sobre compañías estadounidenses que venden componentes a la empresa de equipo de telecomunicaciones, Huawei.  Sin embargo, la decisión por Trump de permitir a compañías estadounidenses reiniciar sus ventas a Huawei no conllevaba la remoción de la compañía china de la “lista de entidad”, lo cual significa que los fabricantes de componentes de alta tecnología todavía tendrán que aplicar para licencias especiales del departamento de Comercio antes de reanudar sus exportaciones.

Las motivaciones políticas detrás de la aparente rama de olivo son claras.  Los intereses agrícolas, particularmente en los estados del medio oeste claves para las esperanzas de Trump para la reelección, se han visto gravemente afectados por los aranceles chinos.  Los productores estadounidenses de soja, muchos altamente endeudados, son particularmente vulnerables a la competencia de suplidores latinoamericanos.  Además de los intereses comerciales agrícolas, las compañías de alta tecnología estadounidenses, tales como el productor de microchips, Qualcomm, el fabricante de circuitos integrados, Intel, y Micron, que fabrica dispositivos de almacenamiento informático, podrían perder miles de millones en ventas bajo la prohibición comercial con Huawei.  Aun Google se encontraría en la posición de perder entre 700 y 800 millones de usuarios si se le prohibiera conceder licencias de uso para su sistema Android a Huawei. 

Desde la perspectiva del capital chino, el ajuste táctico también persigue una lógica política.  El régimen en Pekín se encuentra cada vez más bajo presión para asegurarse los niveles de crecimiento económico para así mantener a raya a centenas de millones de trabajadores.  Para una economía particularmente dependiente de las exportaciones, cualquier cierre de los mercados internacionales, o merma en la expansión de la participación china en áreas claves de la economía mundial, significaría un aumento de estas presiones sociales y políticas internas que enfrenta el régimen bajo Xi. 

El cambio táctico de Washington de ninguna manera significa la superación de las contradicciones entre el imperialismo estadounidense y su rival ascendente. La lógica del desarrollo capitalista no solo tiende a una mayor internacionalización del capital sino también a la agravación de la contradicción entre la economía mundial y la política nacional. Incluso si Washington y Pekín concluyeran un acuerdo comercial en un futuro cercano, algo que de ninguna manera es seguro, esto no evitaría choques cada vez más violentos entre los dos.

En este sentido, la respuesta al giro táctico temporero por otros sectores dentro del establecimiento político de Washington, tanto demócratas como republicanos, fue reveladora.  El mismo sábado, Chuck Schumer, el senador demócrata de Nueva York y ardiente halcón anti chino, arremetió contra Trump, a quién tildó de blando ante el régimen en Pekín, al igual que los senadores republicanos Tom Cotton de Arkansas y Marco Rubio de Florida.  Tal como en el reciente voto bipartidista a favor de asignar miles de millones de dólares para continuar la campaña fascista de la administración estadounidenses contra los inmigrantes, este ejemplo pone de manifiesto que no existen diferencias fundamentales entre demócratas y republicanos. 

Más bien, el cambio de tono, y no esencia, que emana desde Washington se debe a una coincidencia coyuntural de la conveniencia política, los intereses de un subsector particular del capital estadounidense, y el cálculo político articulado por un grupo todavía influyente de teóricos del imperialismo estadounidense de que la preservación a corto plazo de ciertos vínculos económicos con China pueden usarse para fomentar divisiones dentro de la elite gobernante china. 

Una carta que está siendo redactada por varios expertos diplomáticos y militares estadounidenses advierte que la política actual de Estados Unidos corre el riesgo de autoimponer daños económicos y políticos al mismo tiempo en que promueve una mayor adhesión entre todos los sectores de la clase dominante china a las políticas nacionalistas del régimen.  Estos teóricos, no menos comprometidos con la defensa del imperialismo estadounidense, están promoviendo formas tácticas más matizadas para enfrentar a su competidor estratégico, a corto plazo, en comparación con la postura de confrontación directa que asumen personas en la administración como John Bolton y Mike Pompeo. 

A pesar de los inevitables giros en la política mundial, la inherente lógica del capitalismo mundial, su marcha hacia la guerra, permanece inalterada.  Tal como existen intereses económicos en EEUU que prefieren un enfoque más sutil para lidiar con sus competidores estratégicos, hay fuerzas más poderosas dentro del capitalismo mundial que llevan a la humanidad de manera inextricable hacia el conflicto militar.

Sólo la clase obrera internacional, armada con la conciencia socialista revolucionaria y su propia organización de combate, tiene la capacidad de salvar a la humanidad de los horrores de la guerra mundial capitalista.

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