“Contra el capital el feminismo radical”

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Foto: Abayarderojo.org

Por C. Sandiego

Este 8 de marzo se conmemoró mundialmente el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras. Dado el actual contexto dictatorial donde las habitantes de Puerto Rico continúan sometidas a las medidas de austeridad impuestas por la Junta de Wall Street, el lema que impulsó la movilización de las mujeres este año fue “8 contra la deuda”. Esto se debe a los 8 reclamos puntuales que las organizaciones participantes expusieron: salud pública, autonomía corporal, derechos de las mujeres inmigrantes, educación, acceso a vivienda, empleo y seguridad de las pensiones, seguridad pública y eliminación de la violencia machista institucionalizada, en las calles, en los hogares y en los espacios de trabajo. Desde horas de la mañana, distintas agrupaciones de activistas feministas y mujeres trabajadoras se manifestaron en distintas regiones de Puerto Rico bajo reclamos enfocados en las maneras particulares en que las mujeres nos vemos desproporcionadamente afectadas por las medidas de austeridad. En el campamento contra las cenizas de carbón en Peñuelas, mujeres y aliados convocadas por Taller Salud, un grupo feminista de base comunitaria en Loíza, se reunieron en Tallaboa para compartir estrategias de resistencia relacionadas a la salud en sus comunidades.

En Hato Rey, mujeres y simpatizantes de la Colectiva Feminista en Construcción, Jornada se Acabaron las Promesas, Matria y Educamos, se organizaron con música, carteles y comparsa en las inmediaciones del centro comercial Plaza las Américas. Ahí, con camisetas violeta y pañuelos verde, ejecutaron un acto simbólico que llamaron un “embargo feminista” a diversas instituciones financieras, las principales responsables del endeudamiento. La colectiva publicó en sus redes una serie de cifras totalmente repudiables, visibilizando el rol de la banca en la generación de deuda pública, ejecuciones de hipotecas y desahucios sufridos mayormente por mujeres proletarias. Asimismo, durante la tarde del 8, alrededor de 40 agrupaciones enfocadas en temáticas de mujer y género, coordinaron una manifestación en la Milla de Oro en Hato Rey. Las mujeres paralizaron el tránsito en la Ave. Luis Muñoz Rivera, cercana a las oficinas de la Junta de Wall Street, y se adueñaron del espacio por medio de performances artísticos sumamente diversos y controversiales para cualquier par de ojos misógino y trans-homo-xenofóbico. La manifestación fue dedicada al Centenario de Lolita Lebrón, mujer líder revolucionaria del Partido Nacionalista puertorriqueño en la década de los 50. Asimismo, fue dedicada a todas las personas de identidad cuir y trans, quienes han sufrido extrema marginación por asumir identidades contrahegemónicas y diversas.

Es fundamental que analicemos estos eventos a la luz de lo ocurrido el 7 de marzo, cuando a puerta cerrada se aprobó en el Senado el P950, proyecto de ley inconstitucional que amenaza la autonomía corporal de las mujeres, el derecho a la salud reproductiva y el acceso a servicios de aborto. A todas luces, esto fue una repulsiva provocación y un intento morboso de desmoralizar a las mujeres combativas que han abogado por el derecho al aborto, y que se organizaban para tirarse a la calle el 8 de marzo. ¿Por qué la insistencia del Estado eclesiástico en controlar nuestros cuerpos de mujeres? El patriarcado es un sistema de organización social precedente al capitalismo donde la figura masculina domina y es normativa. Sin embargo, el capitalismo y el patriarcado se retroalimentan, profundizando la opresión y la desigualdad que sufrimos las mujeres a nivel cultural, social, político y económico. Tres ejemplos concretos de la sobreexplotación de las mujeres en el sistema capitalista: 1) Nos pagan menos que a los hombres por el mismo trabajo; 2) Nos hostigan y acosan moral y sexualmente en nuestros talleres de trabajo; 3) Regresamos al hogar a reproducir la cotidianidad a través de largas jornadas de trabajo doméstico no remunerado, produciendo además la mercancía fundamental para el capitalismo: el ser vivo, las trabajadoras, la fuerza de trabajo. Reduciendo nuestros cuerpos a otro medio de producción, el estado patriarcal-capitalista se afianza controlando los cuerpos de las mujeres a nivel reproductivo y sexual.

Engels (1884), en su trabajo “El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado” señala cómo el capitalismo da pie a la concepción de la familia moderna, que redunda en la esclavización de un sexo por el otro: “el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino”. La violencia de clase no precede a la violencia de género, sino que se nutre de la misma. Reconociendo que la opresión de las mujeres precede al capitalismo y se inscribe en nuestras manifestaciones culturales, nos invita a reconsiderar la interpretación tradicional marxista —que subordina las relaciones de género a las de clase— en la que la emancipación de las mujeres será producto ipso facto de la emancipación socioeconómica de la clase obrera en general.

Sin embargo, la hipótesis original marxista establece una lógica opuesta: la opresión del género femenino produce las condiciones idóneas para el funcionamiento inalterado del capitalismo. Para acabar con la explotación capitalista las mujeres debemos liberarnos. Es decir, nuestra emancipación es apremiante para erradicar la violencia de clase y por lo tanto, es asunto de todos los miembros de la clase obrera. De esta manera, la estrategia revolucionaria promueve la lucha por la emancipación de las mujeres como propósito inmediato, en lugar de como un proceso posrevolucionario postergable (Pavón-Cuellar, 2017). El reconocimiento de nuestra igualdad y dignidad humana ante la ley podría ser bajo el comunismo lo mismo que bajo el capitalismo: letra muerta.

Los miembros de la clase obrera sufrimos directamente distintas manifestaciones de la opresión capitalista. Sin embargo, dados los privilegios concedidos a los hombres a través del sistema patriarcal, las mujeres —y otras identidades subyugadas por las masculinidades hegemónicas y tóxicas— llevamos una carga mayor, una carga que nos urge aliviar ahora, hoy, cada día, en nuestros hogares, nuestros talleres de trabajo, en las calles. Una carga que subyuga y castra nuestros cuerpos, nuestras capacidades y nuestro poder. Esta realidad le da vigencia a los reclamos de las mujeres y sus aliados este pasado 8 de marzo. Sin embargo, no podemos conformarnos con seudo-concesiones, reformas y legislaciones. Para que la lucha de las mujeres trascienda los sectores privilegiados, además de asumir una postura anticapitalista, antiracista y descolonial, debe enmendar su camino hacia una lucha revolucionaria encabezada por todas las personas que producen la riqueza social. La lucha de las mujeres debe superar la espontaneidad.

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