Trabajadores de Wisconsin le cambian el juego a la clase capitalista

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«Queremos que sepan que estamos con ustedes. Mantengan su firmeza y no vacilen. No entreguen sus derechos. La victoria acompaña siempre a quienes se mantienen firmes en sus demandas por sus justos derechos. Nosotros, y todos los pueblos del mundo, estamos a su lado y les brindamos toda nuestra solidaridad. Igual que nuestras justas luchas por la libertad, democracia y justicia triunfaron, la lucha de ustedes también triunfará. La victoria los acompañará siempre que se mantengan firmes y no descansen en sus demandas por sus justos derechos… ¡Hoy es el día de los trabajadores de Estados Unidos de América! Serán victoriosos. La victoria será de todos los pueblos del mundo que luchan en contra de la explotación, y por sus justos derechos.»

Desde una protesta en El Cairo, el lente capturó esta imagen de solidaridad internacionalista proletaria.

Así se expresó Kamal Abbas, coordinador general de la central de trabajadores egipcios, en un vídeo que envió a los trabajadores en lucha de Wisconsin. Apenas se menciona en los partes de prensa comercial, en Estados Unidos y en Puerto Rico, pero la central obrera egipcia, ferozmente perseguida por años por el régimen de Mubarack, fue instrumental en la caída de su tiranía.

Scott Walker, se parece a Fortuño, en su arrogancia, y hasta en los arrebatos histéricos que le entran a veces.

Este gesto de solidaridad hizo eco en las mentes de los trabajadores en Wisconsin, que se declararon ellos mismos los egipcios de Estados Unidos, y bautizaron al gobernador reaccionario de su estado, Scott Walker, el Mubarack de Wisconsin.

Los trabajadores públicos de Wisconsin, y todos los trabajadores —organizados y no organizados— así como los estudiantes, que se han movilizado en solidaridad con ellos, y han protagonizados sendas demostraciones —algunas superando las 100,000 personas, en protestas pacíficas, pero militantes, en contra de la ofensiva patronal reaccionaria encabezada por la derecha del Partido Republicano, han alumbrado el escenario de la lucha de clases en Estados Unidos.

Los trabajadores ocuparon su Capitolio. Suyo, porque en la República imperialista se entiende que esas instituciones son del pueblo. En la colonia, ya el fascista Rivera Schatz los hubiera sacado a todos con la fuerza bruta de la fuerza de choque. Como dirían sus amos, “He doesn’t get it”.

Una vez John L. Lewis, el dirigente del sindicato minero United Mine Workers (UMW) —quien sacó a la UMW de la AFL y la dirigió a grandes victorias laborales bajo la bandera de la CIO— dijo que el movimiento obrero le recordaba la parábola de los leones que estaban siendo guiados por asnos.

Estos nuevos episodios de las luchas de clases en Estados Unidos colocan en un polo al sector de la burguesía nacional, encabezada por la derecha del Partido Republicano, que quiere replegar las conquistas del proletariado de Estados Unidos. En el otro polo está el movimiento obrero organizado, luchando, no solamente por las conquistas alcanzadas, sino por su propia vida.

Para reprimir acciones como éstas en Puerto Rico es que se están inventando lo de la Policía de la Legislatura colonial. O por lo menos así se lo creen los fascistas como Rivera Schatz y su comparsa. Están jugando con candela…

Siguiendo el ejemplo del ídolo de la derecha Republicana, Ronald Reagan, el libreto a seguir es la provocación del movimiento obrero organizado a lanzarse a huelgas que puedan ser presentadas como egoístas e impopulares.

Con esas tácticas, Reagan ganó la contienda a la Professional Air Traffic Controllers Organization (PATCO). Se trata de una treta inmunda de la oligarquía imperialista que empuja a la burguesía nacional a “tercermundizar” al proletariado de Estados Unidos, para depositar sobre sus espaldas el descalabro financiero que esa oligarquía ha formado.

Realmente, no es un fenómeno nuevo. La burguesía nacional de Estados Unidos lleva décadas buscando mejorar sus tasas de acumulación sobre su capital nacional. Trabajadores del sector privado —incluyendo los que pertenecen a las uniones históricamente poderosas— se han mantenido en la modalidad de devolución por los últimos 30 años, viéndose afectados no sólo los salarios, sino también los planes de retiro, los planes de salud, la imposición de jornadas parciales o flexibles, y la subcontratación de muchas funciones de los unionados a negocios privados.

Estas tendencias continuaron con la capitulación de la United Auto Workers (UAW), que firmó un contrato de 6 años con la Caterpillar en el que se le devolvieron al patrono muchos beneficios conquistados. Más recientemente, la International Association of Machinists (IAM), y la United Steelworkers (USW) también firmaron un contrato en el que se replegaban muchas conquistas que ya se daban por sentadas, esta vez por 7 años, con la Harley-Davidson. Esta tendencia a rendirse sin pelear es uno de los factores principales del abandono de las uniones por los trabajadores, hasta el punto en que hay más trabajadores organizados en el sector público que en el privado.

La ofensiva patronal ahora va dirigida en contra de los trabajadores organizados del sector público, a través de los activistas de derecha, integrados en el movimiento Tea Party, que se apoderó del Partido Republicano y que capturó el gobierno de varios estados importantes en las elecciones de noviembre de 2010. Los miles de millones de dólares que se esfumaron en el rescate de los grandes bancos, y las grandes corporaciones internacionales, han creado un enorme cráter de endeudamiento que amenaza la propia salud del sistema capitalista. Ahora el cuento es que la deuda hay que reducirla, cortándole salarios y beneficios a los empleados públicos.

Se trata de una doble ofensiva: según persiguen debilitar estas uniones del sector público, que ven como guaridas de la izquierda laboral, y donantes principales a los candidatos demócratas de centro izquierda, esperan quebrar el propio concepto del sector público. Su programa contempla una política radical de neoliberalismo dentro del propio imperio: la privatización de todos los servicios del Estado, con la consecuente reducción en los renglones más altos de la imposición tributaria, y la redistribución, hacia arriba, de los ingresos y la riqueza.

En su estrategia política, buscan distanciar los intereses de los trabajadores públicos organizados del ciudadano ordinario. Pintan la carga tributaria que pesa sobre los trabajadores y sobre los pequeños propietarios como un mecanismo de extorsión de los trabajadores públicos organizados, que cuentan con planes de salud y de jubilación, en algunos casos, mejores que el promedio,  y que la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos, o no tienen, o han perdido.

En varios estados, incluyendo a Misuri, los trabajadores  públicos organizados confrontan ofensivas patronales como las leyes del llamado “derecho al trabajo” que no es otra cosa que la ilegalización del taller cerrado.

En Kansas, se ha legislado para prohibir las donaciones de las uniones a los comités de acción política (que, en el caso de las uniones, son, naturalmente, de carácter progresistas).

La ofensiva patronal es implacable, y en una escala y una intensidad que los activistas laborales de mayor edad no recuerdan haber experimentado nunca. Los líderes de las uniones —los asnos de la parábola—, viendo la escritura en la pared, comenzaron poco después de las elecciones, a concertar reuniones para delinear estrategias defensivas, como siempre, expresadas en términos de donaciones a las campañas de ciertos candidatos demócratas, y el gasto de dinero en consultores y cabilderos en Washington, DC.

Los trabajadores, públicos y privados, organizados y no organizados, el movimiento estudiantil, y el comunitario, juntaron fuerza y detuvieron. por semanas, la ofensiva reaccionaria patronal.

No fue sorpresa para nadie, por tanto, cuando los trabajadores —los leones de la fábula— sobrepasaron todas las conclusiones de los seminarios, charlas y simposios organizados por sus líderes. En Madison, Wisconsin, se generó una coordinación de solidaridad mutua, en la base —no en el liderato— entre trabajadores de los sectores públicos y privados, organizados y no organizados, así como estudiantes. En acciones audaces e inesperadas bajo la consigna de ¡Muerte al proyecto! (suena mejor en inglés: Kill the Bill!), más de 100,000 personas ocuparon varias veces los terrenos del Capitolio. En juego estaba la conversión en ley —ya consumada— del proyecto que prohibe la negociación colectiva y la huelga por parte de las uniones  de empleados públicos de Wisconsin.

Independientemente de la aprobación legislativa del proyecto (que, de hecho, sufrió un revés en corte, que lo ha paralizado todo) y de la ansiosa firma por parte del Gobernador, algo importante ocurrió en Wisconsin que sacudió y rejuveneció al movimiento obrero de Estados Unidos. Y va a ser muy difícil —muchos piensan que imposible— volver a meter al Genio dentro de la lámpara. Los jóvenes leones han rugido, y los asnos que los dirigen están buscando desesperadamente la manera de no tornarse obsoletos.

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