Marx y Engels sobre el colonialismo capitalista

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Por Neco

Apuntes sobre algunos conceptos básicos para un debate necesario

La expansión colonial de la burguesía inglesa en la época del Manifiesto comunista —poco antes y poco después de 1848— procede de las propias fuerzas productivas que se van desarrollando en Europa, particularmente en Inglaterra, y su creación del mercado mundial. Las políticas colonialistas de las potencias europeas no comenzaron con el desarrollo capitalista, pero éstas tomaron un nuevo giro, precisamente, en los momentos en que Marx y Engels desarrollaban el materialismo histórico y escribían el Manifiesto. Las colonias se convertían en un componente integral del sistema que comenzaba a reemplazar al feudalismo y el mercantilismo. Esta cita es del Manifiesto:

«La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.»

Una ojeada a la historia nos delata, sin embargo, que el coloniaje español en esta época, que —fuera de sus enclaves africanos— pesaba ya exclusivamente sobre Cuba, Puerto Rico, Las Filipinas y otras islas de Oceanía, no había trascendido su antigüedad mercantilista, precisamente porque las burguesías españolas, en su conjunto, no habían logrado desarrollar las fuerzas productivas transformadoras que despuntaban en Inglaterra. El Estado español retenía sus colonias como fuentes de recaudo tributario procedente del comercio de las islas con las burguesías inglesas y yankis. Las burguesías catalanas y vascas, que pudieron haber modernizado la sociedad española, y sus residuos coloniales, se encontraban arrinconadas por el centralismo madrileño, y la sumisión de la burocracia central a las fuerzas sociales españolas que todavía miraban hacia un pasado considerado glorioso: la aristocracia oligárquica y terrateniente, el ejército, y la Iglesia Católica. Cincuenta años antes de la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico, las colonias antillanas de España habían entrado al sistema del mercado mundial, no a través de su metrópolis colonial, sino a través de las casas comerciales principalmente de Inglaterra y de Estados Unidos.

La sociedad puertorriqueña en aquella época, y sus instituciones civiles y militares, consistían en una proyección de la sociedad española, sus instituciones coloniales de ultramar y sus fuerzas armadas. En Puerto Rico —y en Cuba— se imponía una trasnochada tiranía militar, encargada del buen funcionamiento tributario de ambas colonias, en las que las actividades del comercio y del gobierno se hallaban fundamentalmente en manos peninsulares. La población criolla, desde los sectores agrícolas más acaudalados, hasta las mayorías serviles —libres y esclavas— estaba marginada del poder político. Sin embargo, la presión del mercado mundial y el comercio con Inglaterra y Estados Unidos, era implacable, y estimulaba en sus participantes una conducta y una visión de mundo modernos, que se manifestó poco tiempo más tarde en movimientos diversos, como el abolicionismo, el autonomismo y el independentismo revolucionario. Esta cita es también del Manifiesto:

«La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas.  Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.»

Como era de esperarse, en el caso particular de las colonias antillanas de España, se experimentaban unas fuerzas provenientes de la inserción colonial en el mercado mundial, que movían estas sociedades coloniales hacia un desarrollo cosmopolita, que entraban en contradicción antagónica con las mismas fuerzas arcaicas que sometían a los trabajadores españoles, y a las nacionalidades de la Península, a un régimen que era incapaz de mirar y trabajar hacia un futuro burgués industrial. De 1848 a 1868 se irán acumulando las contradicciones que hallaron expresión en Yara y en Lares, y que pondrán en la agenda de ambas antillas, la lucha revolucionaria, y en algunos respectos conjunta, por una sociedad burguesa moderna.

Después de la derrota de las Revoluciones de 1848 en Europa, Marx concentró su atención sobre los estudios de la economía política. Su actividad periodística se convirtió en una de sus principales fuentes de ingreso. Los artículos que él y Engels escribieron (y de los que Marx recibía la paga), no contenían la profundidad analítica de sus obras económicas, y son relativamente concretos y específicos, pero es posible destilar de algunos de ellos unas líneas teóricas generales. Entre éstas, vamos a considerar el siguiente punto: ¿Puede considerarse la actividad colonial de la burguesía como un evento histórico progresista? En un artículo publicado en el New York Daily Tribune el 22 de julio de 1853. titulado “Futuros resultados de la dominación británica de la India”, Marx señala lo siguiente:

«Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión: destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia. Los árabes, los turcos, los tártaros y los mongoles que conquistaron sucesivamente la India, fueron rápidamente hinduizados. De acuerdo con la ley inmutable de la historia, los conquistadores bárbaros son conquistados por la civilización superior de los pueblos sojuzgados por ellos. Los ingleses fueron los primeros conquistadores de civilización superior a la hindú, y por eso resultaron inmunes a la acción de esta última. Los británicos destruyeron la civilización hindú al deshacer las comunidades nativas, al arruinar por completo la industria indígena y al nivelar todo lo grande y elevado de la sociedad nativa. Las páginas de la historia de la dominación inglesa en la India apenas ofrecen algo mas que destrucciones. Tras los montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado.»

Algunos críticos usan citas como ésta para tratar de achacarle a Marx actitudes chovinistas y eurocentristas. De lo que se trata, realmente, es de una confusión sobre los términos del análisis. Cuando Marx habla de «civilización superior» de lo que realmente está hablando es de la civilización material, de las fuerzas productivas de Inglaterra, y de las relaciones sociales inglesas, contrapuestas a las fuerzas productivas y las relaciones sociales predominantes en la India. No está comparando la sutileza ni la profundidad de la filosofía espiritual de la India con la cultura cristiana burguesa de Inglaterra. Como mucho, se le pudiera acusar de considerar a las fuerzas materiales como determinantes de la creación cultural, y estas últimas como subordinadas a las primeras —y de eso es de lo que se trata precisamente el materialismo histórico. Puede verse, en este mismo artículo, como su razonamiento nada tiene que ver con la superioridad o la inferioridad innata de ningún grupo humano, sino de su acceso a la civilización material —ejemplarizada por los ferrocarriles:

«Ya sé que la burguesía industrial inglesa trata de cubrir la India de vias férreas con el exclusivo objeto de abaratar el transporte del algodón y de otras materias primas necesarias para sus fábricas. Pero si introducís las máquinas en el sistema de locomoción de un país que posee hierro y carbón, ya no podréis impedir que ese país fabrique dichas máquinas. No podréis mantener una red de vías férreas en un pais enorme, sin organizar en el todos los procesos industriales necesarios para satisfacer las exigencias inmediatas y corrientes del ferrocarril, lo cual implicará la introducción de la maquinaria en otras ramas de la industria que no estén directamente relacionadas con el transporte ferroviario. El sistema ferroviario se convertirá por tanto en la India en un verdadero precursor de la industria moderna. Y esto es tanto más cierto, cuanto que, según confesión de las propias autoridades británicas, los hindúes tienen una aptitud particular para adaptarse a trabajos totalmente nuevos para ellos y adquirir !os conocimientos necesarios para el manejo de las máquinas. Buena prueba de esto nos la ofrecen la capacidad y pericia demostradas por los mecánicos indígenas que han estado trabajando durante muchos años en las máquinas de vapor de la Casa de la Moneda de Calcuta, así coma también los hindús que han estado atendiendo numerosas máquinas de vapor de las minas de carbón de Hardwar, y otros ejemplos.»

Marx cita, incluso, a los propios agentes de la colonización británica de la India, para demostrar que las condiciones materiales de una civilización moderna —y no podemos olvidar que él y Engels describieron en el Manifiesto a la sociedad burguesa como la procreadora del proletariado moderno, la clase que conducirá la humanidad hacia las etapas superiores de la civilización: el socialismo y el comunismo— esas condiciones de una civilización moderna pueden prender y prosperar en el terreno de la sociedad hindú. Escribió Marx en este artículo que «el propio Mr. Campbell, a pesar de lo muy influenciado que pueda estar por los prejuicios de la Compañía de las Indias Orientales, se ve obligado a confesar que»:

«Vastas masas del pueblo hindú poseen una gran energía industrial, buena aptitud para acumular capital, extraordinaria perspicacia para las matemáticas y gran facilidad para el cálculo y las ciencias exactas. Su intelecto es excelente.»

No obstante, en el centro de la visión proletaria que Marx y Engels estaban forjando —y ahora sustentándose con una crítica más profunda de la economía política— la burguesía de esta época tenía el rol revolucionario de barrer con todas las tradiciones antiguas que entorpecieran su expansión del mercado mundial hasta los más recónditos rincones del planeta, y hasta sus últimas consecuencias. Por eso insiste en que:

«La industria moderna, llevada a la India por los ferrocarriles, destruirá la división hereditaria del trabajo, base de las castas hindúes, ese principal obstáculo para el progreso y el poderío de la India.»

Pero Marx no albergaba ilusiones sobre ese papel histórico de la burguesía. Si era cierto que barría con todas las tradiciones resistentes a la marcha de la historia de todas las sociedades de todo el mundo —resistencia en última instancia al eventual triunfo revolucionario del proletariado a escala mundial— también era cierto que las intenciones burguesas, lejos de haber sido emancipadoras, lo que pretendían era la feroz acumulación. En el caso de las sociedades coloniales, se trataba de lo que ellos llegarían a describir como la despiadada acumulación primitiva:

«Todo cuanto se vea obligada a hacer en la India la burguesía inglesa no emancipará a las masas populares ni mejorará sustancialmente su condición social, pues tanto lo uno como lo otro no sólo dependen del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de su apropiación por el pueblo. Pero lo que sí no dejará de hacer la burguesía es sentar las premisas materiales necesarias para la realización de ambas empresas. ¿Acaso la burguesía ha hecho nunca algo más? ¿Cuándo ha realizado algún progreso sin arrastrar a individuos aislados y a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la degradación?»

Marx no deja duda de que en su insaciable búsqueda de mercados, las burguesías de las sociedades industrializadas creaban las condiciones para que las sociedades no industrializadas, ahora sometidas al yugo colonial, pudieran impulsar su propio desarrollo industrial. Esta tesis, planteada preliminarmente en este artículo, sería debatida posteriormente con suma intensidad. Por ahora cabe señalar que Marx planteó que desde el momento en que surgía la colonización capitalista —diferente a la colonización mercantilista que pasaba a la historia (pero que persistiría en forma arcaica en la relación colonial entre España, y Cuba y Puerto Rico)— una compleja relación colmada de conflictos y posibles desenlaces emancipadores:

«Los hindúes no podrán recoger los frutos de los nuevos elementos de la sociedad, que ha sembrado entre ellos la burguesía británica, mientras en la misma Gran Bretaña las actuales clases gobernantes no sean desalojadas por el proletariado industrial, o mientras los propios hindúes no sean lo bastante fuertes para acabar de una vez y para siempre con el yugo británico.»

Es decir, o la sociedad colonial se liberaría como consecuencia de la revolución proletaria en la metrópolis, o la sociedad colonial adquiriría suficiente fuerza como para sacudirse el yugo, y presumiblemente —aunque aquí no se especifica— desatar una crisis económica y política en la metrópolis, llena de posibilidades revolucionarias. De cualquier manera, la burguesía seguiría efectuando su papel histórico de partera de sus propios sepultureros, ahora ampliados a escala mundial —no solamente en las metrópolis industriales, sino también en sus sociedades coloniales. Las formas en que se manifiestarían estas luchas revolucionarias serían tan diversas como concretas y específicas a las circunstancias en que erupcionarían, pero tendrían un factor común: serían inevitables, porque eran el producto del propio modo de producción capitalista. Como lo vio Marx en relación concreta entre Gran Bretaña y la India:

«Los devastadores efectos de la industria inglesa en la India —país de dimensiones no inferiores a las de Europa y con un territorio de 150 millones de acres— son evidentes y aterradores. Pero no debemos olvidar que esos efectos no son más que el resultado orgánico de todo el actual sistema de producción. Esta producción descansa en el dominio supremo del capital. La centralización del capital es indispensable para la existencia del capital como poder independiente. Los efectos destructores de esa centralización sobre los mercados del mundo no hacen más que demostrar en proporciones gigantescas las leyes orgánicas inmanentes de la Economía política, vigentes en la actualidad para cualquier ciudad civilizada. El período burgués de la historia está llamado a sentar las bases materiales de un nuevo mundo: a desarrollar, por un lado, el intercambio universal, basado en la dependencia mutua del género humano, y los medios para realizar ese intercambio; y, de otro lado, desarrollar las fuerzas productivas del hombre y transformar la producción material en un dominio científico sobre las fuerzas de la naturaleza. La industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo como las revoluciones geológicas crearon la superficie de la tierra. Y sólo cuando una gran revolución social se apropie las conquistas de la época burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas productivas sometiéndolos al control común de los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso humano habrá dejado de parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo quería beber el néctar en el cráneo del sacrificado.»

Estos primeros apuntes sobre el análisis del colonialismo del capitalismo industrial persiguen el fin de ir sentando las bases para una discusión de la cuestión nacional de Puerto Rico, en relación al presente estado de desarrollo del imperialismo yanki. Es tan sólo eso. El sistema capitalista evolucionó considerablemente en los cincuenta años que transcurrieron entre la publicación del Manifiesto Comunista, en 1848, y la invasión de Puerto Rico, en 1898. Tendremos que referirnos al análisis del fenómeno del imperialismo, según se manifestaba en aquellos años de la conquista yanki del Caribe. En los más de cien años que han transcurrido desde entonces, el sistema capitalista se ha transformado una y otra vez en respuesta a crisis profundas que han puesto en juego su estabilidad y permanencia. Ahora mismo estamos experimentando una época de rápidas transformaciones, según el sistema parece estar entrando en una época de desgaste y decaimiento.

Los trabajos tempranos de Marx y Engels, removidos por varias épocas del momento actual, sin embargo, retienen una actualidad asombrosa, que proviene, sobre todo, del poder de su herramienta de análisis, el materialismo histórico. Por eso nos sirven para asentar las bases del debate necesario que tenemos que experimentar, guiados por la undécima tesis, que nos lleva a estudiar para hacer la revolución.

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José Luis Barretto
José Luis Barretto
9 años desde que se publicó

Quisiera saber quién es el autor de ese escrito. En el cual nos presenta su visión personal.

El Quijote
El Quijote
9 años desde que se publicó

Sobre el fermento revolucionario de las masas proletarias en las metrópolis hay que añadir que esas burguesías se convierten en imperialistas manipulando ideológicamente a esos trabajadores sobre la necesidad de tener colonias, entre otras cosas, para que estos disfruten de mejores condiciones materiales y se pueda mantener «una relativa paz social» dentro de esas metrópolis. Esta situación, entre otras complejidades que se dan dentro de las sociedades imperiales, provoca que se dificulte la solidaridad de los trabajadores en las metrópolis, con las masas trabajadoras en las colonias. Se dan continuamente muestras de solidaridad de los sectores más avanzados de las… Leer más »

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9 años desde que se publicó

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