Una discusión necesaria

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Los dos años que le restan a Luis Fortuño en Fortaleza pueden pasar a la historia como el comienzo del final del régimen que se instaló en 1898: uno que define a Puerto Rico como una pertenencia de, pero que no es parte de, Estados Unidos.

El USS Gloucester, antiguo yate del banquero JP Morgan, encabezó la expedición que toma a Guánica el 25 de julio de 1898.

Las definiciones políticas y legales de una colonia no hacen otra cosa que codificar las relaciones reales, económicas y sociales, entre el Estado que conquista, en este caso, Estados Unidos, y el territorio invadido y conquistado, que en aquel momento era una colonia española con ropaje de autonomía provincial. Cuando las condiciones económicas y sociales se transforman, cuando el Estado colonizador ya no requiere de la colonia para satisfacer algunas de sus ventajas económicas o geopolíticas, el código colonial no permanecerá inalterado.

El nacionalismo albizuista promovió la idea que el Régimen Autonómico de 1898 constituía ya una formalización parcial del Estado de la nación puertorriqueña. Esta premisa definía la expedición invasora dirigida por el general Nelson A. Miles, como una invasión a la nación puertorriqueña.

Gabinete Autonómico: Sentados de izquierda a derecha: Luis Muñoz Rivera, Gobernación y Gracia y Justicia; Francisco Mariano Quiñones, Presidente y Manuel Fernández Juncos, Hacienda. De pié de izquierda a derecha: Juan Hernández López, Obras Públicas y Comunicaciones José Severo y Quiñones, Agricultura, Industria y Comercio y Manuel F. Rossy, Instrucción Pública

Realmente, aquella autonomía no fue más que un experimento tardío del régimen de la Restauración Borbónica en España, producto de un pacto oportunista entre Muñoz Rivera y Práxedes Mateo Sagasta. Un propósito del Estado español era evitar que la Revolución en Cuba, que se había estancado en una imparable sangría de cubanos y españoles, encontrara salida al tranque bélico abriéndole a España otro frente de guerra en Puerto Rico, como insistía incansablemente el doctor Ramón Emeterio Betances en París.

Otro fin era sacar a Puerto Rico de un posible conflicto entre España y Estados Unidos. Una colonia temporalmente satisfecha con algunos atributos de autonomía, debería estar fuera del alcance de la rapacidad de las emergentes fuerzas pro imperialistas en Estados Unidos. No contaron con que, una vez se desatan los perros de la guerra, las reglas de juego convencionales dejan de operar, y la fuerza se convierte en el único árbitro del conflicto.

El Tratado de París ratificó la toma de posesión por parte de Estados Unidos de las colonias españolas de Las Filipinas, Puerto Rico, Guam, y las Islas Ladrones, y la independencia de Cuba. Se firmó el 10 de diciembre de 1898.

Puerto Rico, que no jugó ningún papel en los eventos previos al conflicto armado entre España y Estados Unidos, pasó a ser en París uno de los principales componentes del botín de la victoria de Estados Unidos, para convertirse pronto en un gran cañaveral azucarero, y en base estratégica naval de la Marina de Guerra de la República, donde desde ahora dominarían las fuerzas imperialistas.

Pasado más de un siglo, las estructuras de dominación colonial que se instalaron en 1898, y que se adecuaron sucesivamente en 1900, 1917, y 1952, ya no resisten las transformaciones económicas y políticas que se experimentan dentro del sistema capitalista global.

La capacidad de la colonia de ofrecerle al capital una plataforma de producción y acumulación de plusvalía se ha desvanecido. Existen por todo el planeta lugares más conducentes a la reproducción del capital, y la camisa de fuerza colonial no le permite a los puertorriqueños impulsar proyectos de reconstrucción industrial que le brinde trabajo a las mayorías laboriosas del País.

Ciertos sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía se organizan políticamente para ofrecerle a los puertorriqueños unos esquemas de competitividad basada en modelos cuya fragilidad se ha resaltado con el descalabro financiero iniciado con el colapso de la burbuja de los valores inmuebles en Estados Unidos. En su propuesta resalta un elemento que tiene potencial aglutinador ante el colapso final de la colonia: la idea de la soberanía como base fundamental para el desarrollo económico y social de Puerto Rico.

La propuesta de soberanía —que permanece en el ámbito de la educación popular— se va a robustecer algo, según los jugadores imperialistas comiencen a mover sus fichas en relación al desenlace de la crisis colonial. Algunos jugadores importantes en Washington, DC, y en Wall Street, van a favorecer la opción de una soberanía a medias.

Las fuerzas progresistas y revolucionarias en Puerto Rico —que, aunque severamente fragmentadas,  no son tan desdeñables— también van a experimentar un crecimiento considerable, no porque cuenten con ningún apoyo entre los jugadores imperialistas, pero porque toda crisis estructural le agudiza la conciencia a los oprimidos de lo insoportable de esas estructuras tambaleantes.

En las turbulencias que se aproximan, no existen resultados garantizados. Hay quienes sostienen que el único curso posible para los imperialistas es cerrarle las puertas a la estadidad federada y abrírselas a algún tipo de soberanía negociada. Esa certeza proviene de una debilidad del análisis histórico en relación a Estdos Unidos.

Detrás de las payasadas, se cuece un movimiento populista en defensa del “americanismo blanco y cristiano”.

La lucha entre las diferentes facciones de la burguesía en Estados Unidos —principalmente los conflictos entre la facción nacional y la facción con intereses globales— va a ser intensa y prolongada, pero al final del camino, quedará una sóla facción de pie, y la otra quedará subordinada y absorbida por sus intereses. Esa facción victoriosa será la que promueve el sistema capitalista global, que trasciende los límites de las fronteras entre los Estados. Algunas fuerzas dentro de esa facción proponen un Estados Unidos de carácter multinacional, con un fuerte componente “hispano”. Un estado 51 “hispano”, como Puerto Rico, sería una victoria política importante para quienes luchan por someter al capital nacional —que se define como blanco, patriótico y cristiano— al régimen del capitalismo global, que no es ninguna de esas tres cosas.

A partir de esta edición, el Abayarde Rojo Digital estará informando y proponiendo la discusión y el debate de estos temas, conducentes a la clarificación de las opciones verdaderamente liberalizadoras para los puertorriqueños.

Esté pendiente del Boletín, que ahora se regularizará quincenalmente, y que enfocará sobre estos desarrollos.

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Carlos Rivera
Carlos Rivera
10 años desde que se publicó

Deben de repasar con cuidado el asunto de la posición del Partido Nacionalista de PR y su reivindicación de la Carta Autonómica de 1897,así como la impugnación del Tratado de Paz de París del 10 de dic. de 1898. No conocemos una tésis anti imperial mejor esgrimida y fundada dentro del Derecho Internacional del ayer y del presente que esa. La desgracia fue la aparición del PIP y su participación en el proceso electoral colonial. Tan fuerte era la tesis nacionalista que el imperio se vió obligado a crear el ELA como forma de subsanar la nulidad del Tratado de… Leer más »