La crisis turca

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Por Ismael Castro

 

La aguda caída de la lira turca ha acaparado los informes de la prensa financiera internacional durante los últimos días.  Las preocupaciones del ‘contagio’ a otros mercados emergentes aumentaron la semana pasada mientras la moneda turca sufrió repentinamente una caída precipitosa de 20% después de que el presidente estadounidense anunciara otra ronda de aranceles sobre el acero y el aluminio dirigidos al régimen de Ankara.  En lo que va del año, la lira turca ha perdido aproximadamente 35% de su valor aun con el leve rebote que ocurrió a principios de esta semana a raíz del anuncio de $15 mil millones en nuevas inversiones de Qatar.

El pretexto inmediato para las crecientes tensiones entre Washington y Ankara, por lo menos según la prensa oficial en Occidente, fue el encarcelamiento de un pastor cristiano por autoridades turcas basado en su alegada participación en el intento de golpe de estado contra el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en 2016.  Con la excusa de la negativa del gobierno en Ankara de excarcelarlo, la administración de Trump ha aumentado las presiones sobre Erdogan, primero con sanciones a oficiales turcos y más recientemente con la imposición de aranceles.  Por su parte, Erdogan, un reaccionario cuyo autoritarismo está bien conocido, se ha mantenido desafiante, anunciando esta semana aranceles de represalia de entre 120-140% sobre importaciones estadounidenses como los automóviles y el alcohol.

Tanto la caída de la lira, con su probabilidad de que la devaluación de monedas se riegue a otros países, como las crecientes tensiones comerciales entre EEUU y Turquía son el reflejo de procesos económicos más amplios así como las estrategias políticas que están siendo implementadas por potencias capitalistas a través del mundo.

Tal como otros gobiernos de países conocidos como ‘mercados emergentes’, el régimen de Erdogan había perseguido durante los últimos años una política de desarrollo de infraestructura financiado en gran parte por préstamos extranjeros, muchos de los cuales eran denominados en dólares.  Después de años de tasas de interés artificialmente bajas en EEUU, en que se les proveía al sector financiero dinero prácticamente gratis para facilitar sus actividades especulativas, incluyendo los préstamos a gobiernos de los llamados ‘mercados emergentes’ y compañías extranjeras, la Reserva Federal estadounidense ha puesto fin a su política de flexibilización cuantitativa (quantitative easing).  El resultado ha sido un aumento de las presiones sobre varios gobiernos de mercados emergentes y compañías extranjeras altamente endeudados que cogieron préstamos internacionales en dólares y ahora tienen que canjear sus monedas cada vez más para repagarlos.  El resultante debilitamiento de estas monedas, más la reciente subida de las tasas de interés en EEUU, se combinan para provocar una reversa aun más rápida de los flujos de capital hacia los bonos de Tesoro estadounidenses obligando a su vez a varios de los bancos centrales de los mercados emergentes a subir sus tasas de interés, como fue el caso en Argentina esta semana, en un intento desesperado para detener el éxodo de la inversión extranjera.  La aguda desvaloración de las monedas en los mercados emergentes como Argentina, India, Sudáfrica y Turquía ha provocado una intensa ola inflacionaria en estos países con todas las implicaciones sociales que esto conlleva para las masas.  Es sólo una cuestión de tiempo antes de que el alza en precios en estos países provoque una crisis política.

Como se ve, la política de desarrollo capitalista nacional en estos mercados emergentes condena a todos menos una pequeña élite a un círculo vicioso de crisis social perpetua.  Los capitalistas, aunque se pelean entre sí, se mantienen unidos en su política de imponer sobre las masas trabajadoras toda la carga de sus crises económicas.

En el caso particular de Turquía, un miembro de la OTAN ubicado en un área de importancia geoestratégica al flanco suroeste de Rusia, las recientes provocaciones comerciales desde Washington son el producto de la política externa ‘independiente’ que ha perseguido Ankara en años recientes, particularmente en el ámbito de la defensa.  Por ejemplo, a pesar de un breve período de deterioro en sus relaciones con Moscú, el régimen de Erdogan resistió fuertes presiones de EEUU y compró este año un sofisticado sistema de defensa antiaérea ruso, el S-400, con capacidad de neutralizar la efectividad de cazas estadounidenses como el F-35 y el F-16.  Además de sus compras militares de Rusia, el gobierno turco ha hecho varios acercamientos recientes a China y Alemania para conseguir financiamiento internacional con la esperanza de apuntalar su economía.  Sin embargo, desde la perspectiva del imperialismo estadounidense, cualquier reto a su dominación completa es intolerable por lo que aumentará sus agresiones contra el régimen de Erdogan hasta que se ceda a las presiones o lo tumben.

La crisis turca es otra señal más de la peligrosa situación mundial.  Hasta ahora, la clase obrera en Turquía no ha podido elaborar una perspectiva política independiente de la clase capitalista turca.  Para comenzar a formular una estrategia más allá del callejón sin salida del capitalismo nacional dependiente, la clase trabajadora en Turquía tendrá que adoptar la perspectiva del internacionalismo socialista.

 

 

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