Fichas para discutir la historia de nuestra clase trabajadora – Parte IV Los comienzos de la conciencia de clase proletaria

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Por Neco

Ponce, la burguesía criolla y su cultura nacional

Durante esta época, durante la segunda mitad del siglo diecinueve bajo el dominio español, Ponce se había convertido en una ciudad comercial de gran importancia en Puerto Rico. San Juan era el centro burocrático del gobierno colonial español y cuartel principal de su ejército y de su detestada guardia civil. Su puerto alojaba facilidades de reabastecimiento y reparaciones para los buques de la Armada española. Su puerto era también un activo centro de exportaciones, pero principalmente de importaciones de productos manufacturados y numerosas mercancías de las casas comerciales españolas, especialmente de Cataluña.

Ponce llegó a ser, sin embargo, el centro de exportación de la principal cosecha de Puerto Rico: el café. Ponce también fue el centro de la próspera región azucarera del Sur, y el puerto de exportación del azúcar de esa región. Humacao, San Juan y Mayagüez fueron otros importantes puertos de exportación para las regiones del Este, Norte y Oeste, respectivamente, para el azúcar moscabado y el tabaco que se enviaban principalmente a Estados Unidos. Pero, desde entonces, Ponce era Ponce.

Es importante entender también, en cualquier enfoque histórico de esta época, que la ciudad de Ponce fue una cuna de gran importancia de una clase social con aspiraciones hegemónicas que se formó al calor de la economía agrícola de exportación. Ponce proveyó el caldo de cultivo para la formación de una cultura representativa de los intereses de la ascendente burguesía criolla. Esa incipiente “cultura nacional”, patrocinada por las burguesías azucareras y cafetaleras de su región inmediata, de su altura y su bajura, representaba la intención de esa clase que se hacía dueña principal del aparato de productivo de la economía colonial de exportación agrícola. Su reclamo hegemónico la llevaba a fijar su visión de clase sobre el futuro del país como el rumbo único hacia el que debiera marchar toda la sociedad.

Inicialmente los trabajadores se acomodaron a ese rumbo marcado por la ascendente clase dominante, rumbo que la burguesía criolla impulsó con la consigna de “unidad” de “la gran familia puertorriqueña”. La producción cultural (literaria, musical, costumbres y tradiciones, incluyendo el vestir, los prejuicios y las jerarquías de privilegios y de mando…) de la burguesía criolla representó, por el momento, el orden social, la visión de mundo, y el modelo a imitar de todos los componentes de la sociedad, incluyendo los artesanos.

Cultura nacional y los elementos de cultura obrera

Ese orden social cargaba una contradicción interna irreconciliable, ya que suponía la sumisión mansa y permanente de los artesanos y otros trabajadores a un régimen de explotación laboral, de esclavitud asalariada, que sólo podía resolverse con la escisión de la clase obrera de ese “proyecto nacional”, verse a sí misma como una clase con intereses propios, opuestos a los que imponía la burguesía criolla. Esa nueva conciencia conllevó la producción de unos elementos de cultura obrera que refutaron la visión dominante de la sociedad —la visión estratégica de la clase dominante.

Al entrar en las últimas décadas del último siglo español en América, la burguesía criolla, cuya formación económica maduraba rápidamente, todavía era inexperta en las artes del dominio político, el cual le era negado por el aparato colonial español. En su actividad económica, iba dándole forma al proletariado puertorriqueño, que comenzaba a dar sus primeros pasos titubeantes hacia el desarrollo de una identidad colectiva y de una conciencia de clase de oposición y lucha.

Ambas clases se encontraron frente a frente en el escenario colonial, dentro de una política de gobierno que favorecía de forma desproporcionada a los peninsulares —españoles residentes en la colonia, mayormente comerciantes de  importaciones de, y exportaciones a, España; los agentes locales de las casas comerciales de Barcelona; y la burocracia administrativa de la colonia— todos estos sectores por encima de la burguesía criolla dueña de la producción agrícola de exportaciones. Debe apuntarse que el gran comercio español ostentaba una rama financiadora usurera que aprovechaba sus conexiones con el aparato de dominación colonial para monopolizar el manejo de la moneda dentro del comercio de importaciones y exportaciones. En ocasiones, a falta de bancos independientes en la colonia, algunos burgueses criollos tuvieron que hipotecar sus tierras con estos comerciantes usureros para poder sostener sus negocios hasta vender sus cosechas. De esta manera los grandes comerciantes peninsulares lograron apoderarse de las tierras hipotecadas de estos agricultores criollos.

Otros sectores y clases intermedias habitaban los espacios sociales en que podían prosperar. La pequeña burguesía criolla proveía los cuadros profesionales que administraban los negocios de los capitalistas criollos, Representaban sus intereses en los tribunales y en las negociaciones entre capitales. Un sector muy importante llevaba la voz cantante en cuanto a la representación política de los intereses de la burguesía criolla.

Otros quehaceres de esta clase, los de su sector intelectual, literario y artístico, nutrían los espacios de creación y promoción de la cultura nacional.

La política colonial española era de carácter despótico. Salvo unos breves intervalos durante los cuales se sintieron en Puerto Rico los aires de la revolución liberal española de 1868 al 1873, el régimen colonial reprimió ferozmente los empujes de la burguesía criolla de conquistar espacios políticos en la colonia, (lo que significaba retarle a los peninsulares sus posiciones privilegiadas protegidas dentro de la burocracia y el aparato de gobierno colonial).

El despotismo colonial trató de reprimir, no siempre con éxito, como se podrá leer más adelante, los intentos de los artesanos y de los trabajadores en general de reclamar, como productores, mejores condiciones económicas. Las huelgas estaban terminantemente prohibidas, y los mítines eran disueltos por la fuerza por la Guardia Civil. Así se mantuvo la paz laboral por muchos años hasta que los trabajadores decidieron probar su fuerza. Entonces, el gobierno colonial español se vio obligado a retroceder.

En 1895, el aparato colonial se sacudió cuando peones rurales del sector azucarero y trabajadores y artesanos urbanos, desataron amplias huelgas simultáneas que tomaron por sorpresa a todo el país. Las fuerzas huelgarias lograron sus propósitos y el gobierno colonial tuvo que desistir de sus intenciones de exprimir aun más a los asalariados. La clase obrera entró a escena demostrando su fuerza y su capacidad retar al poder de los intereses dominantes de la economía capitalista y del Estado colonial español.

Pero nos adelantamos. Regresemos a los primeros eventos que marcan la formación de la identidad laboral y la conciencia de clase de los trabajadores en Puerto Rico. Esa entrada a escena requirió más de una década de formación de los actores y de ensayos previos, con los que se fue formando una identidad común y una conciencia de oposición y de lucha.

La actividad de clase de los artesanos tenía raíces feudales transportadas a Puerto Rico por los propios colonizadores españoles. Ya para 1799, sin embargo, el Síndico Procurador General del Cabildo de San Juan se propuso revisar los reglamentos que regulaban los gremios en la colonia, para adecuarlos a la situación cambiante que exigía una orientación del trabajo y la producción hacia el mercado mundial capitalista que se estaba formando.

El siglo diecinueve trajo cambios más acelerados en todo el mundo —la consolidación del sistema mundial capitalista— cambios que sobrepasaron esos reglamentos y que indujeron a los artesanos a instituir sus propias organizaciones. Éstas se vigilaban con gran recelo por las autoridades coloniales, principalmente porque en España la organización artesanal y obrera era cuna de ideas y acciones revolucionarias de anarquistas y socialistas.

Los sucesos en España, no obstante, operaban en Puerto Rico, aunque tímida y tardíamente. La caída de la monarquía de Isabel II en 1868, y la instalación de la República de España, abrió las compuertas del re ordenamiento liberal de la metrópoli, hasta 1873, y promovió mayores reformas liberales. Éstas llegaron a Puerto Rico, entre otras medidas, en la forma del decreto del diez de mayo de 1873, del gobernador Primo de Rivera, que le daba cabida a ciertos elementos de libre asociación. Esta reforma, limitada como fue, creó el espacio para la fundación de numerosas organizaciones de artesanos que sirvieron de armazón para formar la solidaridad laboral y la conciencia de clase, componentes esenciales de las luchas contra los patronos y el Estado colonial.

El primero de enero de 1872, a consecuencia de estos aires liberalizadores que llegaban de España, se fundó en San Juan la Sociedad de Beneficencia y Recreo, un tipo de organización artesanal que se conoció como los casinos de artesanos. Este primer casino tuvo gran acogida entre los artesanos de San Juan y fue modelo para la rápida difusión de los casinos artesanales a través de toda la colonia.

El casino de artesanos era una versión a menor escala de los fastuosos casinos que fundaban los españoles y la burguesía criolla en las ciudades de Puerto Rico. Con mucho menos recursos disponibles, los casinos de artesanos ocupaban facilidades más modestas y en ellas auspiciaban veladas literarias, recitales, bailes, conferencias y juegos lícitos. Algunos ofrecían clases nocturnas, especialmente de alfabetización, y disponían de modestas bibliotecas para sus socios.

Predominó en estos casinos la intención de “elevar” culturalmente a sus socios, absorbiendo en todo lo que fuera posible los hábitos, costumbres y tradiciones de la burguesía criolla y de la pequeña burguesía profesional e intelectual, las dos clases dueñas y promotoras de la cultura nacional. La imitación del burgués no se limitó a la adopción de sus modas de vestir, de sus maneras “cultas” de expresarse, sino que, en ocasiones, se asimilaron las peores características del modelo burgués: los prejuicios raciales y de clases.

Quintero Rivera, en su obra seminal Lucha obrera en Puerto Rico, reprodujo una carta de un lector del periódico El Artesano, fechada el dieciocho de enero de 1874, (al año siguiente de haber sido abolida la esclavitud en Puerto Rico) que criticaba estos prejuicios:

«En nuestra clase artesanal vive aún esa malvada pasión que infunde el desprecio de nuestros semejantes, esa pasión que tiene por base los accidentes del color con que la naturaleza ha revestido nuestra envoltura material; ese sistema de privilegios que reconoce el dominio de una raza sobre otra…»

Entonces el lector de El Artesano enfocó críticamente otro punto que el artesanado absorbía de la conciencia social burguesa: el prejuicio de clase:

«Más aun, en el Gremio de Artesanos subsiste la vana pretensión de querer que sean más considerados los que ejercen un arte que los otros.»

Los que “ejercen un arte” se refiere a los maestros artesanos de los oficios más “cultos”. Los “otros” se refiere a los otros oficios más manueles que según la crítica del lector, eran vistos con desdén y excluidos de los círculos artesanales de visión pequeño burguesa.

En esta etapa de su desarrollo, algunos sectores burgueses y pequeño burgueses miraban con simpatía paternalista a los esfuerzos de los artesanos de mejorar su condición social imitando a sus “mejores”, siempre, naturalmente, que se mantuvieran “en su sitio”. Esto los alejaría, se expresaban públicamente, de los malos hábitos de los trabajadores europeos, a quienes se les había llenado la cabeza de ideas disparatadas de que alguna vez pudieran acceder al poder político.

Lo que no pudieron entender fue que los casinos de artesanos, no obstante sus limitaciones, representaron un paso, vacilante y en ocasiones contradictorio, pero al fin un paso de avance, en la formación de una identidad laboral colectiva, diferenciada y eventualmente opuesta, a la identidad de los grandes y pequeños propietarios. La propia exclusión del artesano de los casinos de las élites coloniales, los llevó a la fundación de sus propias instituciones, dedicadas al mejoramiento de la clase y a la formación intelectual, científica y artística, de sus integrantes.

Aquel decreto mediante el cual se autorizaba, dentro de condiciones específicas, la libertad de asociación estimuló también la fundación de otro tipo de organización artesanal que fue un paso de mayor avance en la evolución de las instituciones obreras. Éstas fueron las sociedades de socorros mutuos, siendo uno de sus principales promotores el carpintero de San Juan Santiago Andrades, quien fundó la Sociedad de Amigos del Bien Público el 23 de septiembre de 1873.

Una de las condiciones que ajustaban la declarada libertad de asociación a las necesidades de controlar y subordinar la colonia a los intereses de la oligarquía comercial española fue la imposición de que cada reglamento de cada asociación tenía que prohibir expresamente las ideas o discusiones de carácter político o anti religioso. Las libertades que se promulgaron en España no eran legadas automáticamente a los puertorriqueños. Existía el peligro de que esta libertad de asociación se convirtiera en fermento de la actividad sediciosa que fuera a dirigir a los puertorriqueños por el camino revolucionario de los cubanos.

Estas medidas represivas, no obstante, no podían impedir el creciente sentido de solidaridad entre los integrantes de las sociedades mutualistas. Entre los beneficios de los asociados se incluían pagos por días laborables perdidos a causa de accidentes en el trabajo o enfermedades prolongadas; pagos a las viudas en caso de muerte del artesano; y en algunos casos, servicios médicos y medicamentos sin costos para el socio. En los momentos de necesidad aguda como éstos, la solidaridad y la unidad laboral se hacía más patente, lo que dio pie al desarrollo de una mayor y más enérgica conciencia de identidad como artesanos y como trabajadores.

Las sociedades de socorros mutuos se difundieron por todos los principales centros urbanos.

La conciencia de clase, sin embargo, no prosperó uniformemente en todos los sectores del artesanado. Los más afines con los valores tradicionales —casi feudales— de la identidad artesanal, con mayor apego a la pequeña propiedad y a los valores de la conciencia social de la clase dominante, enfatizaron la prioridad del progreso personal a través del esfuerzo individual por sobre la solidaridad y el esfuerzo colectivo. Rechazaron la huelga como arma de combate y la confrontación con el patrono como único medio de alcanzar una mayor participación en el producto de su propio trabajo.

Ésos eran los artesanos que miraban al pasado. Con el pasar del tiempo, el artesanado reaccionario disminuyó en números y en importancia. Sin embargo, su visión se transformó, pero no desapareció totalmente. Surgió más tarde en el contexto de la lucha de clases declarada y abierta, transformada en el sector reformista y colaboracionista del movimiento obrero.

Fue inevitable que un sector del artesanado se influyera por la solidaridad real experimentada en las sociedades de socorros mutuos; un sector avanzado y activo que leía la prensa y participaba de discusiones de las lecturas de libros y periódicos extranjeros; que comenzara a cuestionarse colectivamente la conciencia social impuesta por la clase patronal y a elaborar los primeros elementos de una cultura artesanal y obrera.

En esa dirección marchó otro tipo de institución que comenzaron a fundar los artesanos: las cooperativas.

Estas organizaciones que surgían de los diferentes oficios, formaban talleres de trabajo financiados por las cuotas de los socios que estuvieran empleados y percibiendo un salario. Estos talleres cooperativos, de panaderos, de sastres, de zapateros, ofrecían trabajo a aquellos trabajadores y artesanos, socios de la cooperativa, que estuvieran desempleados. Trabajadores como carpinteros, albañiles, plomeros, etc., formaban brigadas que se dedicaban a contratar reparaciones de edificios, carreteras y puentes, o a la construcción de viviendas.

Los trabajadores que más avanzaron inicialmente, fueron los tabaqueros, nutridos por su tradición voraz de lecturas en el taller durante las jornadas de trabajo, y los tipógrafos, en contacto diario y directo con periodistas y autores, que tornaban las imprentas en foros de discusión de las ideas más avanzadas, no sólo del país, si no también de América Latina y de Europa. Éste fue el comienzo de una vanguardia obrera que al cerrar el siglo enfiló sus energías para derribar murallas, pero las murallas ideológicas erigidas por la burguesía criolla, por la religión y por el Estado colonial.

No se puede dejar de señalar que en Puerto Rico, como sociedad insular atrasada y aislada de las corrientes de cambio en un mundo que el capitalismo transformaba a diario, contó con la inmigración durante esos años de trabajadores y artesanos, mayormente españoles que llegaron a la colonia cargando con sus herramientas y con sus ideas radicales sobre el poder transformador de la clase trabajadora.

Incluso, puertorriqueños como Eduardo Conde contribuyeron visiones de lucha revolucionaria que prendieron rápidamente entre algunos trabajadores en Puerto Rico. Conde, que trabajó varios años como marino mercante y regresó a Puerto Rico después de asimilar, de sus compañeros de trabajo en los buques de carga y de los trabajadores en los puertos que visitaba, las ideas y perspectivas de un futuro próximo de luchas obreras victoriosas.

Pero la principal fuente de energía la proveía el diario vivir en el taller de trabajo y en el cañaveral; las diarias confrontaciones, grandes y pequeñas, con los patronos. La lucha de clases fue la fragua que le dio forma al arma de la conciencia de clases de la incipiente clase trabajadora. Las huelgas durante los últimos años del siglo diecinueve, huelgas que de por sí constituyeron un desafío al patrono y al despotismo colonial español, le dieron filo a las armas de la clase obrera puertorriqueña.

Las huelgas y protestas del fin del siglo español en Puerto Rico

La huelga de 1892 que desataron los tabaqueros contra el patrono del Taller Dos Antillas se convirtió en combustible para las próximas confrontaciones laborales en Puerto Rico.

Ese mismo año se escenificaron huelgas y protestas en varias localidades como resultado de un impuesto que las autoridades coloniales trataron de imponerle a las ventas de mercancías, impuesto que hubiera elevado dramáticamente el costo de vida para los trabajadores. Las protestas y las acciones huelgarias paralizaron el comercio, lo que alarmó a los peninsulares. Pablo Ubarri, el oligarca español, líder de los incondicionales y jefe político del Partido Conservador, rogó a sus cómplices en el gobierno colonial que detuvieran el levantamiento social “antes de que la sangre llegara al río” retirando las medidas impositivas que eran inaceptables para los trabajadores, y poder apaciguar la furia de los trabajadores.

En 1895 estalló al fin una crisis colonial que venía cocinándose por muchas décadas. Además de los vaivenes mundiales de los precios relativos de la plata y el oro, la oligarquía comercial y prestamista española especulaba, (en contubernio de las altas autoridades coloniales), con las monedas de circulación local, entre ellas el peso mexicano. Al parecer, al final de 1894 se presentó la oportunidad de dar un golpe especulativo mediante la devaluación de la moneda circulante con el efecto inmediato de un aumento vertiginoso en el precio de los alimentos y de todos los artículos de primera necesidad para los trabajadores. Fue entonces que se desataron numerosas y militantes huelgas y protestas, en el campo y en los centros urbanos, que sorprendieron y sacudieron al gobierno colonial, a los comerciantes y oligarcas españoles, a la burguesía criolla, en fin, a toda la sociedad no laboral. El episodio terminó con otra victoria laboral.

Así nos vamos acercando a los últimos años del siglo diecinueve, y el evento traumático de la invasión yanqui y la segunda colonización de Puerto Rico.

Pero nos adelantamos. Queda mucho mar por navegar antes de alcanzar esa orilla. Antes tenemos que ver que ocurre cuando el artesanado se proletariza y se nutre de otras corrientes trabajadoras y de ideas que la alejan del idilio con la pequeña propiedad.

Para discusión

• En esta ficha se emplearon los trabajos de Ángel (Chuco) Quintero, Gevasio García y Ricardo Campos. Una monografía inédita de este último investigador comienza con la cita de Lenin que se presenta más abajo. Usa esta cita como punto de referencia para la discusión de esta ficha:

En cada cultura nacional existen, aunque sea sin desarrollar, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa de trabajadores y explotados, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología democrática y socialista. Pero en cada nación existe asimismo una cultura burguesa (y por añadidura, en la mayoría de los casos, ultrareaccionaria y clerical), con la particularidad de que ésta no existe simplemente en forma de “elementos”, sino como cultura dominante. Por eso la “cultura nacional” en general es la cultura de los terratenientes, de los curas y de la burguesía.

V. Lenin –  Notas críticas sobre la cuestión nacional

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