Fichas para discutir la historia de nuestra clase trabajadora – Parte I  

0
213

Las raíces profundas de nuestra clase trabajadora

Por Neco

La sociedad en que vivimos

Los trabajadores en Puerto Rico —todos los que trabajamos para el enriquecimiento de otros a cambio de algún medio de subsistencia—formamos una clase con una larga historia. El hilo conductor a través de los siglos ha sido la explotación de nuestro trabajo. En el sistema que impera, producimos toda la riqueza social, pero ésta se reparte en forma desigual: una parte fabulosamente grande, de la que se apropia la minoritaria clase propietaria, y otra parte que se le asigna a la inmensamente numerosa masa trabajadora —nos devuelven una fracción de las riquezas que producimos en forma de salarios— en cantidades ajustadas a las necesidades básicas para que podamos seguir trabajando, produciendo y reproduciéndonos.

Eso se conoce como una de las “leyes de hierro” del capital. Lo que el capitalista nos paga en salario se le resta a sus ganancias, lo que lo predispone a reducir nuestra compensación a lo estrictamente necesario para mantenernos vivos y capaces de trabajar, y de reproducirnos para garantizarle una fuerza de trabajo abundante.

La práctica nos ha enseñado que nuestra capacidad de organizarnos y luchar unidos con inteligencia, disciplina y tenacidad es lo único que nos permite regatearle a la clase patronal una porción mayor de lo que la burguesía considera sus ganancias, las que entienden como producto del derecho de propiedad suyo. El regateo por aumentar nuestra participación en el propio producto de nuestro trabajo es rudo y generalmente violento, ya que los patronos emplean sus gatilleros y sus rompehuelgas para tratar de hacernos retroceder. Cuando eso no es suficiente para detenernos, reclaman la intervención del Estado —policías, tribunales, cárceles, guardia nacional— superestructura opresiva que se quita la máscara de imparcialidad y nos ataca con violencia. Ésa es la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado en la sociedad capitalista, que en ocasiones se desborda y se desata la guerra de clases, abriéndose las oportunidades de lucha revolucionaria, la toma del poder por el proletariado, la expropiación de la burguesía y la eventual desintegración del Estado.

La lucha de clases sin un objetivo revolucionario es una lucha economicista que temporalmente podrá añadirle unos eslabones a la cadena de la esclavitud asalariada, pero que no la romperá. Tarde o temprano nos escamotearán los avances ganados a sangre y fuego, y regresaremos a la miseria de siempre. Sólo la guerra revolucionaria de clases es la que nos abre las oportunidades de fundar una sociedad sin explotadores ni explotados.

Ésta es una verdad sencilla a la que los trabajadores comunistas dedicamos nuestras vidas.

El capitalismo es un esquema económico social montado inevitablemente sobre la explotación y miseria de las grandes mayorías, para beneficio de las minorías parasitarias. Heredamos ese esquema impuesto compulsoriamente desde que nos vamos formando dentro de familias trabajadoras. Genera inevitablemente la resistencia y el rencor de los que ocupamos la parte de abajo de la pirámide.

Es un esquema que por si solo es susceptible a crisis periódicas de mayor o menor intensidad. Cuando el sistema es capaz de sobrevivir y trascender esas crisis, lo que logra es preparar el terreno para un próximo episodio aun más caótico. El propio esquema está basado en la imperante necesidad de mayores acumulaciones económicas en la cúpula de la pirámide, con mayores privaciones y miserias para las masas mayoritarias en la base de esa misma pirámide. Mientras más estrecha es la cúpula de privilegios y más ancha la base de la miseria, más difícil se le hace al capitalista disponer de sus mercancías con ganancias y mayores acumulaciones. De manera que el sistema capitalista está destinado inevitablemente a colapsar por su propio peso. La historia nos enseña no obstante, que ese colapso no tiene que desembocar en la emancipación del trabajo asalariado. Puede degenerar en una sociedad autoritaria y militarizada de trabajo compulsorio, sostenida mediante la represión violenta de todos sus opositores. Sólo la lucha revolucionaria del proletariado, dirigido hacia la construcción del comunismo, alcanzará las metas de una sociedad mundial de mujeres y hombres libres organizados en mancomunidades de productores asociados.

En resumen, las crisis endémicas del capital y la polarización inevitable crean resistencia y rencor en las mayorías de la sociedad, que periódicamente erupcionan en temporadas de luchas de clases más o menos prolongadas —huelgas, protestas, manifestaciones, choques— entre nuestras fuerzas y las que comandan quienes nos explotan. En ocasiones esas luchas se convierten en guerras de clase y avanza la revolución de los explotados. El objetivo final es la toma del poder por los trabajadores en todo el planeta y la construcción de la sociedad comunista a nivel mundial. Los trabajadores revolucionarios estamos concientes que la construcción del comunismo en un solo país no es ni estable ni permanente. Pero los comunistas en cada país tenemos el compromiso de luchar hasta la toma del poder y entonces construir la sociedad más avanzada dentro de los espacios que abra la revolución mundial de todos los trabajadores.

Nuestras luchas a través del mundo forman diferentes motores que propulsan la historia hacia adelante. Cuando se transforman en luchas revolucionarias la humanidad comienza a explorar —con momentos de grandes avances y momentos de retroceso— el camino hacia la emancipación profunda de la sociedad, la toma del poder por las masas trabajadoras, y la implantación de gobiernos dirigidos a la construcción del comunismo.

¿Cuáles son los orígenes de la clase trabajadora en Puerto Rico?

En nuestra historia particular —los trabajadores del mundo compartimos la misma realidad universal de explotación y miseria que resulta de historias y experiencias diferenciadas y diversas— tenemos que remontarnos más de quinientos años atrás cuando los conquistadores españoles sometieron a los pobladores de Borikén a una explotación particularmente salvaje. Tan salvaje que los europeos lograron despoblar esta isla —y muchas otras islas caribeñas— de sus habitantes nativos, lo que los llevó a comprar seres humanos secuestrados violentamente de sus aldeas en África. Los transportaban a través del Océano Atlántico encadenados y en condiciones infrahumanas. Los que sobrevivían la travesía los vendían en pública subasta —hombres, mujeres y niños— a los ricos terratenientes de estas islas. Ahora estos señores contaban con nuevas propiedades: los esclavos africanos, sometidos por la violencia y las cadenas, y obligados a trabajar en sus empresas, principalmente en las minas y en las fincas de caña de azúcar. Trabajaban larguísimas jornadas, tan largas como decidiera el amo, y a cambio recibían unas ropas rústicas, unas viandas para su sustento y un techo de palmas en los barracones donde se desplomaban de noche para recuperar sus fuerzas y reiniciar la próxima jornada de trabajo la madrugada siguiente. La reproducción social dentro de este esquema descanzaba en la legalidad de la esclavización de las criaturas recién nacidas. Los alimentos rústicos provistos a los esclavos incluían raciones para alimentar a estas nuevas generaciones. No sería necesaria la ropa ni el calzado. Crecerían desnudos y descalzos hasta que llegaba la hora, a los cinco o seis años, de comenzar a integrarlos de lleno a la fuerza de trabajo esclava de la plantación.

Si buscamos en nuestro pasado remoto como clase trabajadora, nos toparemos con las raíces profundas del trabajo genocida impuesto por los españoles a los pobladores nativos y a la violencia del trabajo esclavo que condenó a millones de africanos al secuestro, al encadenamiento y a vivir sus vidas como mercancías humanas desechables en el mercado esclavista que se extendió por gran parte del hemisferio americano.

En efecto, el mercado de esclavos fue una de las primeras manifestaciones del mercado mundial capitalista que tomaba forma con la rápida expansión de la producción azucarera en los trópicos conquistados y colonizados de Asia y de América.

Las consecuencias del abandono

Según cerraba el siglo dieciseis, la colonia de Puerto Rico perdió el interés económico para España. El oro y la plata se habían agotado y la agricultura azucarera no podía competir con las producciones de las islas británicas y francesas, ni con el coloso azucarero de Brasil. España tenía negocios mineros más apetitosos en México y en Perú, y no se interesó en desarrollar el negocio azucarero en sus islas caribeñas hasta el siglo diecinueve. Consecuentemente, lanzó a Puerto Rico a la deriva, usando la colonia sólo como la última parada de reabastecimiento para sus galeones cargados de oro y plata, de camino al puerto de Cádiz.

La efímera “economía” de Puerto Rico se redujo a eso: un bastión naval en el extremo noratlántico del Caribe, sostenido por una asignación militar —el famoso situado— cuyo propósito era mantener amurallados y seguros el puerto y la ciudad de San Juan contra los ataques de corsarios, y de las potencias navales de aquellos años, principalmente de Inglaterra y Holanda.

El resto de la colonia se sumergió en el letargo, con unas consecuencias muy particulares que apenas se han estudiado.

Es necesario abrir un paréntesis explicativo. Lo que sigue no pretende idealizar las relaciones sociales que se gestaron en los campos remotos de Puerto Rico durante los siglos diecisiete y dieciocho. Dicho esto, se trató de una época en la que la proporción entre la tierra libremente disponible y los habitantes de la colonia era muy favorable a estos últimos. Para aquellos habitantes que decidieron permanecer en la colonia abandonada por la metrópoli, había tierra libre abundantemente disponible. Se desarrolló en el campo, lejos de las ciudades portuarias, una economía agrícola de subsistencia, emparejada a una actividad económica —la crianza de animales (caballos, reses, cerdos)— para el comercio de contrabando, y de productos procesados como ron, carnes saladas, cueros y pieles.

La base económica era la libre posesión de la tierra en modestas fincas para la siembra en pequeña escala y la crianza de animales pequeños —aves, conejos, cabros, cerdos— para el sustento casi autosuficiente de familias extendidas, pero principalmente los hatos comunales extensos, pastizales para la libre crianza de animales de mayor tamaño (reses, caballos).

La dieta de estos puertorriqueños era muy rica. Se comía carne casi a diario, huevos, leche, quesos, viandas, legumbres, verduras y frutas, todos en abundancia. La vida era rústica, más parecida a la de los habitantes originales de la Isla que a la de los europeos que la conquistaron, pero estos puertorriqueños gozaron de una libertad personal y colectiva que cuesta esfuerzo imaginarla.

Se desarrolló un considerable negocio de contrabando con las trece colonias británicas norteamericanas, y con las islas azucareras francesas, inglesas y holandesas. Para los terratenientes azucareros de estas islas, era mucho más lucrativo sembrar cada palmo de tierra con caña de azúcar que estar separando pastizales para criar animales para el consumo de la plantación. Los campesinos con tierra en Puerto Rico estaban muy dispuestos a permutar piezas de sus crianzas de animales y sus productos derivados (carnes saladas, jamones ahumados, quesos, manteca, pieles, cueros, cuernos, etc.) por “mercancías” europeas (telas, hilo, herramientas, productos manufacturados, sal, bacalao salado y arenques ahumados, entre otros). Todo el intercambio era por trueque —el dinero era inservible en esta economía pre capitalista. El cálculo del “valor” relativo de los bienes intercambiados ocurría en cada transacción mediante el regateo y las necesidades relativas, cálculos alejados de un régimen del mercado que, sencillamente, no existía. Nada podía regimentar los precios en un intercambio directo de valores de uso, excepto las necesidades recíprocas. No existía la mercancía ni el valor de cambio, ni sus representaciones en dinero.

De todas maneras, estos pobladores del campo no tenían patronos pisándoles sus gargantas, y la represión del régimen colonial español les quedaba lejos, allá en San Juan. Sin caer en el extremo de pintar un cuadro bucólico de estas largas décadas, se trataba de trabajadores agrícolas poseedores de tierras y medios de producción, comedores de carne y de los frutos del trabajo de subsistencia, con más tiempo para la hamaca y la gallera, y para socializar con el cuatro, el güiro y el baile que para el hacha y el azadón; familias enteras libres del hambre y del trabajo compulsorio. Imperaba un tipo de relaciones sociales de anarquismo primitivo. Carecían, eso sí, de la organización comunista de hombres y mujeres libres, asociados en el trabajo colectivo, lo que impidió que este anarquismo primitivo llegara más allá que un callejón sin salida, impermanente y vulnerable a la “contra revolución colonial” represiva, que los convirtiera en meros peones sin tierra, salvajemente explotados, como en efecto ocurrió a partir del siglo 19.

Pero hay que abandonar este tema, más útil para la discusión sobre cómo se organiza la sociedad comunista que para el tema que se desarrollará en estas lecturas. Es necesario explorar la violencia y la miseria de la esclavitud y su transición a la explotación del trabajo asalariado.

¿Cuándo desapareció el mercado de esclavos?

Esa pregunta hay que cualificarla. Como institución dominante que llegó a ser del mercado mundial capitalista, el negocio “lícito” de secuestrar africanos y venderlos a los planteros en América comenzó a desaparecer a partir de la mitad del siglo 19. El tráfico de seres humanos, no obstante, continúa aun hoy día en los resquicios del mercado mundial capitalista en la compra y venta de seres humanos —mujeres jóvenes, niñas y niños— vulnerables a las brutalidades de quienes buscan amasar fortunas dentro de un sistema capitalista mundial corrupto y salvaje.

No obstante, con el avance del capital y el trabajo asalariado —y asustados con la revolución de los esclavos en Haití (1804)— los burgueses comenzaron a desmantelar el mercado mundial “legal” de esclavos africanos, por considerarlo un obstáculo al libre desarrollo y expansión del capital. Inglaterra emancipó los esclavos en su imperio en 1833; Francia declaró el final de la esclavitud en sus colonias en 1848; en Estados Unidos el presidente Lincoln anunció en 1863 que se pondría fin a la esclavitud africana al restaurar por las armas la unión dentro de la República Federal; España esperó hasta al final del siglo 19 para abolir el trabajo esclavo en Puerto Rico (1873) y Cuba (1886).

Este cambio en las relaciones sociales en Puerto Rico no ocurrió de la noche a la mañana, sino a través de un “período de transición”, durante el cual se “aclimataría“ al esclavo a su nueva condición de “libertad”. Para que el estado colonial español le reconociera a cada uno de estos puertorriqueños su condición de ser un tipo de “sujeto español” —discriminado y segregado de la sociedad criolla blanca— tenía que demostrar que podía emplearse como trabajador “libre”, ya fuera como un peón agrícola, o mediante el aprendizaje en algún taller de oficio.

Para discusión

• ¿Cómo se origina la Revolución de los Esclavos en Haití? ¿Qué impacto tiene sobre la Historia?

• ¿Cómo se parecen y cómo se diferencian el trabajo esclavo y el trabajo asalariado?

• ¿Cuáles deben ser las características de una sociedad comunista?

• ¿Puede surgir una sociedad comunista por una ruta que no sea una revolución proletaria?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

What is 15 + 14 ?
Please leave these two fields as-is:
¡Importante! Para comentar en este blog tendrá que resolver la ecuación matemática. De esa manera la administración de este blog entenderá que usted es un humano y no un proceso computadorizado.