Cambio de mando en Cuba: ¿transición al capitalismo?

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Por Rosa Rojas

 

Desde el 19 de abril hay un nuevo presidente cubano, Miguel Díaz Canel, quien asume el cargo luego de varios años de preparación y a la sombra de una de las figuras históricas más emblemáticas de la Revolución: Raúl Castro. Díaz Canel, quien hasta hace poco fuera un miembro poco conocido del buró político del Partido Comunista Cubano (PCC), asumió la presidencia en un momento complicado donde la dirección cubana se reafirma en su compromiso por mantener su modelo socialista frente a una cada vez más palpable penetración capitalista en la economía de la isla.

Oriundo de Villa Clara, ocupó diversos cargos del PCC a nivel regional, la Unión de Juventudes Comunistas en 1987, primer secretario del Partido de la misma ciudad en 1994 y luego de la provincia de Holguín en 2003. Bajo la presidencia de Raúl Castro fue nombrado Ministro de Educación Superior en 2009, asumiendo posteriormente la vicepresidencia del Consejo de Ministros para 2012. Descrito como “un hombre de transición”, lo cierto es que Díaz Canel representa una tendencia reformista dentro del PCC dispuesta a darle continuidad a la política de apertura al capital internacional, a la vez que sostienen en “preservar las conquistas de la Revolución”. Es en efecto, la creciente influencia del capitalismo en la sociedad cubana lo que inevitablemente provocará cambios cada vez más profundos, no solo en la distribución de la riqueza, sino también en las estructuras políticas del país.

Sin embargo, no puede obviarse de nuestro análisis la trayectoria de lo que ha sido la Revolución Cubana en la región como la primera revolución proclamada como socialista en América, forjada con la alianza entre el campesinado, la intelectualidad pequeño burguesa y el proletariado revolucionario.  Aún cuando la dirección política ha sido controlada por sectores ideológicamente afines a la pequeña burguesía, la clase obrera y el campesinado han tenido una participación política muy importante en el desarrollo del modelo socialista cubano. Una Revolución que tuvo que enfrentar la agresión constante del imperialismo en todos los campos: político, económico, armado, diplomático, sin contar los innumerables actos terroristas de los que ha sido víctima el pueblo cubano. Aún cuando persiste el bloqueo, se han mantenido firme en afirmar su proceso y en defender su carácter internacionalista.

Aunque el discurso del gobierno cubano ha mantenido una retórica que en cierta medida recuerda los sus días de confrontación más directa con EEUU, este se ha moderado a la par en que se han ido implementado medidas de liberalización de la economía. Este proceso ha avanzado particularmente luego del llamado periodo especial, ocurrido durante la década de 1990 luego del colapso de la URSS, donde Cuba perdió su principal mercado de exportación de azúcar y a la vez un proveedor de maquinaria y otros insumos industriales. Basta dar un vistazo a la trayectoria de la economía cubana desde ese periodo para notar las medidas extraordinarias que ha tenido que implementar el Estado cubano para mantener una “coexistencia controlada” con el capital internacional.

Breves notas sobre la economía cubana

Desde el triunfo de la Revolución en 1959 uno de los objetivos de la dirección política fue fortalecer el aparato productivo, reducir las importaciones y transformar la economía cubana de ser un exportador de materias primas, como el azúcar, níquel, a una de producción industrial. Sin embargo, por múltiples causas que no podemos abordar aquí, la economía cubana nunca pudo desarrollar un aparato industrial capaz de satisfacer las necesidades internas y que a la vez compitiera en el mercado internacional. Aunque en términos generales, el ingreso per cápita en Cuba durante la década de 1980 era más alto que algunos países caribeños, con el desplome de la URSS perdió a su principal socio comercial, dando paso a un acelerado decrecimiento económico que exacerbó las contradicciones internas de su sistema económico. Dentro de este escenario no podemos obviar las grandes limitaciones al desarrollo de la economía cubana causadas por el bloqueo que mantiene EEUU, que le han costado al pueblo cubano cerca de $130 mil millones.

La revista de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en su núm 66 de 1998 señala que 1993 fue el año más crítico del periodo especial. Entre el 1989 y 1993 el PIB cayó 35%, el déficit fiscal aumentó de 6.7% al 30%, los salarios descendieron un 18%. Este fue sin duda, un periodo de grandes penurias para las masas cubanas. Como respuesta, el gobierno implementó un programa dirigido a la estabilización macroeconómica y la liberalización, es decir, reducir el control gubernamental, de los ámbitos productivos, comercial y financiero. Este plan no desembocó en un proceso de privatizaciones de los bienes del Estado, como estaba ocurriendo en países latinoamericanos como Argentina durante la presidencia de Carlos Menem.

Esta política se basó en la reducción de subsidios a empresas estatales, de inversiones de capital (infraestructura), racionamiento de las importaciones junto con la congelación de precios y salarios. Aun cuando estas medidas pusieron gran presión a las masas trabajadoras, el balance de este proceso reorganizativo de los procesos administrativos, productivos y de distribución fue positivo, ya que para 1997 se logró la estabilización de las cuentas públicas, el aumento de las exportaciones e importaciones, reportándose un crecimiento anual de 3.4%. Fue durante este periodo, en 1995, que se aprobó la ley de inversión extranjera para atraer inversión y tecnología, donde se le abrió el primer nicho a empresas de capital europeo para establecerse, aunque el Estado mantenía su poder de decisión sobre aspectos como la aprobación de proyectos con participación extranjera y la contratación de personal cubano. El caso más conocido fue el proceso de reorganización de la industria turística.

Otro aspecto principal fue la reforma del sistema financiero con la conversión de su sistema monetario a uno con divisas paralelas, es decir el peso cubano (CUP), donde $1 equivale a 24 pesos y, la moneda convertible (CUC) equiparada con el valor del dólar. Esta reforma permitió la tenencia de divisas y la apertura de cuentas de ahorro en moneda extranjera. Además, se logró que el Estado cubano, bajo importantes subvenciones, haya mantenido estables los precios de las mercancías y servicios esenciales, los cuales se calculan en pesos cubanos. Con todo y esto, una queja recurrente de las masas trabajadoras en Cuba, y en particular, los del sector público, son los bajos salarios, que promedian los 1,246 CUP ($50) mensuales, y que aún con los subsidios estatales, limitan grandemente su acceso a determinados artículos. Este aspecto crea una contradicción importante con los trabajadores del sector privado, quienes ganan salarios mucho más altos por ser pagados en CUC y en profesiones que requieren menos tiempo de preparación y especialización.

Desde 2002 el gobierno inició otra nueva ronda de reformas, principalmente para la industria azucarera la cual consistió en igualar su producción con los precios mundiales, la clausura de la mitad de sus centrales, la cual implicó el readiestramiento de cerca de 100 mil trabajadores de la caña. A la vez se permitió a campesinos individuales y cooperativas recibir tierras en usufructo para trabajarlas lo que ha aumentado la diversificación, así como el volumen de la producción agrícola. Desde que Raúl Castro asumió la presidencia se han reforzado medidas para implementar la reforma en el campo, calificándola como una de seguridad nacional. Además, continuaron otros cambios en otros sectores de la economía mediante políticas de fortalecimiento del sector de exportación buscando reducir las importaciones, principalmente de productos producidos a nivel nacional. También durante su incumbencia se renegoció una parte significativa de la deuda pública con Rusia (contraída durante la URSS) y con México bajo el compromiso de aumentar el pago del 2.9% al 5.4% del PIB. Es decir, un aumento del 50%, alrededor de $5,600 millones.

Estas reformas sin duda han traído dinamismo a la economía cubana en su conjunto, las cuales han permitido aumentar la productividad del trabajo acompañada de aumentos en el salario medio de 9.8% entre 2009 y 2013. También ha causado un aumento vertiginoso de trabajadores del sector privado en cerca de 470 mil y el surgimiento de una nueva clase de pequeños propietarios o cuentapropistas que supera los 500 mil, donde las mujeres y los jóvenes representan el 31% del sector.

En su conjunto, todas estas medidas implementadas por los pasados veinte años fueron causadas por la necesidad de renovar la infraestructura productiva (edificios, maquinaria, piezas y otros insumos para la producción) así como lograr acceso de sus productos de exportación en los mercados internacionales. De la misma manera, la presión ejercida sobre el gobierno cubano por diversos sectores de la clase capitalista a que acelere la implementación de más concesiones bajo el ofrecimiento de mayores fuentes de financiamiento ha sido otro factor para el establecimiento de una política económica más pragmática donde se “han eliminado prohibiciones innecesarias”. Estos nuevas concesiones están contenidas en sus Lineamientos de la política económica y social aprobados en 2016, que aunque reconoce la propiedad social de los medios de producción, plantea que el proceso de apertura al capital se mantendrá como parte de los mismos.

¿Qué le espera a las masas obreras y campesinas en el futuro?

Ante este escenario fluido el proceso revolucionario cubano enfrenta retos complejos, principalmente sobre los efectos de las reformas de coexistencia con el capital, en lo que respecta al nivel de vida de las masas. El caso más emblemático que muestra los efectos de como ese proceso de abrir paso a elementos capitalistas ha sido China, donde surgió una clase capitalista nativa que ha ido ganando espacios primero económicos, con la liberalización de renglones amplios de la economía, y luego políticos, con su admisión formal al Partido Comunista de China (PCCh).  En ese contexto se ha impuesto un régimen de semi esclavitud a amplios sectores de la clase obrera que laboran en el aparato industrial de los grandes monopolios internacionales. La explotación descarnada de millones de trabajadores de origen campesino fue parte del arreglo con el imperialismo para permitir la apertura de su mercado interno bajo la premisa de “desarrollar la vía china al socialismo”. Este arreglo, desde la perspectiva china, permitiría el desarrollo y modernización de su aparato productivo permitiéndole competir favorablemente en el mercado internacional imponiendo a las masas trabajadoras condiciones similares o inclusive peores que en países abiertamente imperialistas.

En ese sentido , este podría ser un escenario para la clase obrera cubana donde el proceso de la profundización de la liberalización de la economía que se espera bajo el mandato de Díaz Canel amplíe condiciones cada vez más ventajosas para el capital. A medida en que vaya en aumento el desarrollo de esta contradicción del modelo cubano adquirirá un papel cada vez más importante la lucha de las organizaciones de masas en mantener los derechos conquistados. Aquí adquiere especial relevancia las organizaciones campesinas, quienes juegan un rol primario en la producción de alimentos además de ser un contrapeso político de consideración en la toma de decisiones.

De la misma forma, a medida en que avance la liberalización de la economía creará las condiciones para que se rompa el actual consenso de la clase obrera con la alta burocracia del PCC.  Una de sus tareas será poner presión a los sectores reformistas del partido a que se mejoren sus condiciones de vida y a la vez se preserven sus derechos y participación en el sistema político. Hemos visto desde hace años como ha ido en aumento la predominancia de sectores de tendencia social demócrata dentro del PCC, donde ha dado apoyo incondicional a gobiernos “progresistas” en Latinoamérica, los cuales demostraron ser enemigos implacables de las masas obreras. De igual forma, la clase obrera tendrá que reafirmar y luchar en la práctica, más allá del discurso del aparato político del PCC, en su unidad como clase para superar las numerosas contradicciones que ha generado la apertura capitalista en lo que respecta a los trabajadores del sector público y los del sector privado.

Reconociendo el enorme respeto que tenemos por lo que ha sido la Revolución Cubana, la valentía de su pueblo y lo que ha representado para las masas desposeídas en todo el mundo, estos desarrollos recientes levantan bandera sobre los retos y peligros que enfrentan en esta nueva coyuntura. Entendemos que este proceso, sin idealizarlo, ha hecho grandes contribuciones a su pueblo y a la humanidad y que a la vez tiene grandes contradicciones que en su momento, esas masas obreras harán honor a su trayectoria revolucionaria resolviéndolas en base a sus mejores intereses.

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