Cada vez más agresiva la política exterior de EEUU

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Por Ismael Castro

 

Dos acontecimientos la semana pasada resaltan la actitud cada vez más agresiva de EEUU en el campo de las relaciones internacionales.  El 18 de diciembre, Donald Trump sometió su primer informe de la Estrategia para la Seguridad Nacional (NSS por sus siglas en inglés) y un día después la embajadora estadounidense ante la ONU le comunicó una clara “amenaza” a cualquier país miembro que rechazara la decisión de la administración de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel.

 

En un discurso que combinó su ya muy conocido nacionalismo económico con retórica belicista dirigida principalmente a China y Rusia, Trump esbozó su primera Estrategia para la Seguridad Nacional (la NSS por sus siglas en inglés).  La NSS es un informe anual mandatado por el Congreso desde la aprobación del Acta Goldwater-Nichols de 1986 que se supone defina los objetivos de la política exterior estadounidense y las estrategias que se implementarán para lograrlos.  Haciéndose pasar como una especie de ‘segunda venida’ que ha llegado para corregir todos los males de las administraciones previas, Trump empleó los mismos leitmotifs de campaña que usaba para animar a su base política, la combinación de elementos degenerados pro fascistas y la oligarquía financiera.  Además de identificar a Corea del Norte e Irán como estados delincuentes (rogue states), en su discurso reavivó los ya conocidos temas de la inmigración, las regulaciones ambientales y los acuerdos comerciales injustos en una diatriba llena de mentiras y rimbombancia degradada.

 

Lo que los patéticos y ya muy gastados toques retóricos de Trump no pudieron ocultar, sin embargo, fue la creciente preocupación de la clase dominante estadounidense por la competencia de “rivales” chinos y rusos.  El discurso de Trump dejó ver claramente que detrás de toda la intriga alrededor de la alegada colaboración entre su campaña y las agencias de inteligencia rusas hay un consenso estratégico dentro de la clase capitalista estadounidense.  Las pugnas politiqueras que han acaparado los informes de prensa en meses recientes se limitan a cuestiones tácticas, es decir, qué métodos a usar, y no el objetivo final.

 

¿Y cuál es el objetivo estratégico de la clase dominante estadounidense?

 

Su objetivo principal es prevenir, usando lo que le queda de su ventaja militar, que el ascenso económico chino logre desplazar al capital estadounidense de su posición hegemónica en el mundo.

 

Existe una asombrosa hipocresía ante las acusaciones de agresividad de Trump contra China y Rusia, dado que el imperialismo estadounidense ha sido responsable de tanta muerte y destrucción en todo el mundo durante varias generaciones. Sin embargo, está claro que el objetivo real del discurso era comunicar el intento de intensificar la campaña ideológica para preparar a la población estadounidense para la guerra.

 

El mismo día del discurso de Trump sobre la NSS, Estados Unidos vetó un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de la ONU en que llamara a los estados que se abstuvieran del establecimiento de cualquier misión diplomática en Jerusalén.  Aunque los otros 14 miembros del Consejo de Seguridad apoyaron la resolución, EEUU, que es uno de los cinco miembros permanentes, tiene el poder de vetar cualquier resolución.  Esto fue seguido por una amenaza directa al día siguiente emitida por Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, en que advertía que iba a “tomar los nombres” de cualquier país que votara para rechazar la provocadora decisión estadounidense sobre Jerusalén en un voto programado para el jueves en la Asamblea General de la ONU sobre el asunto.

 

De hecho, el voto de la Asamblea General el jueves pasado confirmó el estatus de EEUU como país delincuente.  A pesar de las amenazas de la administración de Trump, que incluyó la de no aportar económicamente a la ONU, la abrumadora mayoría de los países representados en la Asamblea General (128 a favor con 35 abstenciones) votó para rechazar “cualquier acción o decisión que altere el estado de la ciudad de Jerusalén”.  Sólo 9 países, Israel y Estados Unidos además de Togo, Islas Marshall, Micronesia, Palau, Nauru, Guatemala y Honduras, votaron en contra de la resolución.  Significativamente, varios “aliados” de mucho tiempo de EEUU rechazaron la postura de la administración de Trump.

 

La intensificación de estas tensiones en el ámbito internacional representa una advertencia para la clase obrera internacional.  En varias ocasiones hemos destacado cómo la lógica de estas tensiones conduce inexorablemente a la guerra.  Se hace cada vez más evidente que el capitalismo como sistema basado en el afán de lucro representa la mayor amenaza para las masas del mundo.  La necesidad de una reorganización de la clase obrera a nivel internacional es cada vez más urgente.  En el caso de Puerto Rico, la ausencia de una discusión seria sobre la inminente amenaza de guerra a nivel internacional, aun antes del paso de María, es testimonio de nuestro atraso político colectivo.

 

El Partido Comunista de Puerto Rico, formado en la tradición del internacionalismo socialista, les advierte a las masas obreras para que no se dejen engañar.  Todos los politiqueros del patio cumplirán con la tarea asignada por sus patrones de hacer eco a sus fraudulentas justificaciones y así ofrecer ante el altar del lucro capitalista la sangre de nuestra juventud en las guerras entre las grandes potencias económicas.  La historia demuestra claramente cómo estas conflagraciones imponen el peso de inimaginable sufrimiento en las masas de pobres mientras el puñado de capitalistas, que siempre negocian acuerdos secretos antes, durante y después de los conflictos, buscan siempre la manera de enriquecerse de la carnicería humana.

 

Instamos las masas obreras y de pobres a unirse a nuestras filas para rechazar el belicismo de las potencias capitalistas, con el imperialismo estadounidense a la cabeza, y luchar por el socialismo.  Sólo el socialismo puede garantizar que los enormes recursos que produce la humanidad puedan orientarse hacia la satisfacción de las necesidades de la humanidad y no el enriquecimiento de unos pocos o la destrucción continua de la vida humana.

 

 

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