Ultimátum saudita a Qatar expira aumentando tensiones en el Medio Oriente

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Las maquinaciones de Washington en el Medio Oriente no paran. (Foto de Shealah Craighead)

Por Carlos Borrero

El ultimátum de 13 demandas presentado por Arabia Saudita y un grupo de aliados incluyendo a Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin a Qatar hace un mes ha sido rechazado.  La lista de demandas provocadoras, radicada inicialmente a principios de junio, una semana después de la visita del Presidente Trump a Riad, ha sido acompañada por un bloqueo económico de la pequeña nación que ocupa una península en el Golfo pérsico por varios miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, un bloque comercial regional, además de la ruptura de relaciones diplomáticas con el gobierno de Doha.  Aparte del bloqueo económico, en efecto durante más de un mes, el gobierno saudita también le ha cerrado el espacio aéreo que rodea a Qatar en un esfuerza para intensificar la presión.

 

Bajo el argumento de que el gobierno qatarí es un auspiciador del terrorismo, la coalición dirigida por Riad ha exigido como condiciones para levantar el bloqueo, entre otras cosas, la terminación de relaciones diplomáticas entre Qatar e Irán además de la expulsión de todo personal militar iraní del país; el cierre de una base militar turca todavía bajo construcción en suelo qatarí; el fin de relaciones con grupos como los Hermanos Musulmanes, Hezbolá y Fateh al-cham; el cierre del noticiero Al Jazeera, sus afiliados regionales, además de otras cadenas mediáticas apoyadas por el gobierno qatarí; y consentimiento para permitir el monitoreo externo del cumplimiento con estas demandas.  El Ministerio de Relaciones Exteriores de Qatar, como se esperaba, rechazó estas demandas al afirmar que representan un ataque a su soberanía.

 

Ha habido señales mixtas emanadas desde Washington con respecto a esta volátil y complicada situación.  Por un lado, el presidente Trump parecía haber tomado crédito por alentar la agresión saudita contra Qatar después de su visita a Riad en mayo.  En su cuenta de Twitter hizo una referencia directa a Qatar después de discutir la necesidad de poner fin a la financiación del terrorismo con el rey saudita, Salman.  Por otro, el secretario de Estado, Rex Tillerson, cuyos vínculos comerciales con la región como ejecutivo de ExxonMobil corren largos, parece haber instado a todas las partes a mantener la calma en declaraciones sobre la situación.

 

Lo que sí es cierto es que esta última agresión saudita tiene como objetivo restringir la creciente influencia iraní en la región.  Arabia Saudita e Irán son dos potencias regionales competidores, cada una respaldada respectivamente por Estados Unidos y Rusia.  Qatar, que alberga una enorme base militar estadounidense en su territorio, ha intentado caminar una cuerda fina al conservar relaciones económicas con Teherán, con que comparte el yacimiento de gas natural más grande del mundo, el South Pars/North Dome ubicado dentro del territorio marítimo de ambos países, mientras cultiva relaciones con varias potencias occidentales.  En las últimas semanas, las tres compañías petroleras más grandes del mundo (ExxonMobil, Total y Royal Dutch Shell) han intentado firmar nuevos acuerdos para expandir la explotación de las enormes reservas de gas natural que se encuentran dentro de su territorio marítimo.

El yacimiento de gas natural South Pars/North Dome al centro de la disputa

Es preciso recordar que lo que define la postura diplomática de las potencias imperialistas occidentales hacia Teherán, al igual que Doha, es el deseo de ejercer influencia sobre la producción y distribución de los enormes recursos gasíferos del Golfo pérsico, gran parte de los cuales que se encuentran dentro del territorio marítimo iraní.  Mientras Estados Unidos ha adoptado tradicionalmente una postura más agresiva hacia el régimen iraní bajo el pretexto de impedir el desarrollo de su capacidad nuclear, otras potencias como Francia han intentado cooptar a Teherán a través del fortalecimiento de relaciones económicas.

 

Por su parte, la oligarquía saudita se encuentra cada vez más bajo presión interna como consecuencia de la prolongada caída del precio de petróleo que se debe en gran parte al aumento de la competencia internacional, además del anémico crecimiento de los sectores no petroleros de su economía.  De hecho, la economía saudita tiene un crecimiento proyectado de 0.4% para el año corriente.  Para contrarrestar este pésimo desempaño económico y las presiones sociales que engendra, la oligarquía gobernante en Riad ha puesto en marcha una serie de reformas que incluyen reducciones de los subsidios y beneficios para los trabajadores del sector público, la privatización de componentes de la compañía petrolera estatal Aramco, y la emisión de bonos soberanos para compensar los déficits públicos y financiar proyectos de desarrollo económico con que se espera disminuir la dependencia de los ingresos petroleros.  El prolongado estancamiento de los precios del petróleo, a pesar de los recientes esfuerzos sauditas para reducir la producción, está provocando la más reciente política de agresión regional que puede verse en lugares como Yemen y Qatar.

 

Es cierto que gran parte de la oposición a los regímenes autocráticos en el Oriente Medio toma la forma de movimientos religiosos, los cuales atraen a sectores significativos de la juventud enajenada y, aun cuando desafían a los gobiernos represivos, son también fáciles de manipular hacia fines reaccionarios.  El supuesto apoyo de Doha a este tipo de movimiento opositor basado en la religión a través de la región puede aportar a sus tensiones con gobernantes como al-Sisi en Egipto o al-Jalifa en Bahréin.  Sin embargo, la razón principal de los conflictos que han surgido últimamente radican en los conflictos materiales entre las clases dominantes de estas naciones y su alineamiento con las diferentes potencias imperialistas.

 

Ante este trasfondo, la ‘lógica’ de las acciones sauditas contra Qatar se perfilan como una convergencia de factores internos y externos complejos.  Por un lado, la potencial sumisión del régimen de Qatar a algunas de las demandas sauditas sigue la lógica económica de ejercer control sobre las inmensas reservas de gas natural de su pequeño vecino – y rival regional, Irán – las cuales siguen desplazando el petróleo del que depende Riad dentro de los mercados energéticos mundiales.   Por el otro, la monarquía saudita está buscando desesperadamente la manera de desviar las crecientes tensiones sociales que acompañan su relativo declive económico hacia fuera mediante una política externa cada vez más agresiva.

 

Las señales contradictorias desde Washington reflejan la realidad de que desde la perspectiva del imperialismo estadounidense, importa poco quién manda en Doha siempre y cuando sea un régimen dispuesto a acomodar a los intereses capitalistas estadounidenses.  Aunque la monarquía saudita ha sido durante años el aliado preferido de Washington en la región, un régimen qatarí más dispuesto a orientar su política hacia los intereses del capital estadounidense no está fuera de lo posible.  La reciente apertura de Irán, además de la creciente disposición europea de perseguir una política exterior independiente de Washington en la región, crea aun más complejidad en esta situación y aumenta el potencial de choques entre grandes potencias así como rivales regionales.

 

Desde el punto de vista de las masas trabajadoras de la región, ninguno de los regímenes autocráticos actualmente en conflicto ofrece ningún tipo de opción progresista.  Todos tratan de alinear los estrechos intereses de una oligarquía gobernante – en algunos casos una monarquía ultra reaccionaria – con tal o cual potencia mundial.  Las sociedades de la región se caracterizan por la extrema desigualdad y los aparatos estatales brutalmente represivos que se construyeron para proteger a las degeneradas monarquías que gobiernan en lugares como Arabia Saudita y Qatar.  La ‘promesa’ del llamado “socialismo panárabe”, como el baazismo, con su particular combinación de la retórica antiimperialista y el mantenimiento de los derechos de propiedad capitalistas, ha demostrado ser un completo fracaso en toda la región.  Únicamente la reorganización de las trabajadoras a través de toda la región a base del socialismo científico y el internacionalismo proletario puede ofrecer una alternativa a la pobreza y la guerra que siguen asediando el Oriente Medio.