¿Cómo entender el fenómeno Trump?

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Por Carlos Borrero

La elección de Donald Trump significa una nueva fase en el viraje fascista de EEUU. El fenómeno se debe a la convergencia de dos factores principales.

Primero, la clase dominante ha sido incapaz de plantear una solución viable al declive económico del capitalismo estadounidense durante las últimas décadas. Esta crisis, que ha cogido auge bajo los últimos dos presidentes Bush y Obama, ha resultado en niveles históricos de descontento y frustración entre las masas obreras de EEUU. Segundo, estas mismas masas se caracterizan por un alto grado de desorientación política. Tal desorientación se debe en gran parte a la inculcación de formas de conciencia retrógradas que en muchos casos se intenta presentar como ‘progresistas’.

La incesante campaña de promover la política de identidad, que se ve reflejada tanto en el discurso político de los principales Partidos políticos como en toda la cobertura mediática del proceso electoral en EEUU, es una característica definitoria de la política contemporánea. Los resultados preliminares de las elecciones arrojan luz sobre las divisiones fomentadas entre las masas obreras por líneas raciales, étnicas y de género. Mientras la coalición ‘demócrata’ se ha basado en la población negra, las mujeres, los blancos ‘liberales’ además de personas que se identifican como ‘latino’ o hispano, la ‘republicana’ descansa en el apoyo de la llamada ‘clase obrera blanca’ movilizada en base al chauvinismo nacional. Éstas, claro está, son generalizaciones. No obstante, lo que señalan es el grado de la penetración de esta conciencia perniciosa, una conciencia divisoria y contraria a los intereses de las masas obreras, que permea entre la población estadounidense. En esta perversión de la conciencia son cómplice quienes, con pretensiones izquierdistas, han fomentado la misma política de identidad basada en el planteamiento falso de que una mayor presencia negra, femenina, etc. en las cúpulas de poder económico y político representaba un adelanto ‘progresista’. Nada puede ser más lejos de la verdad como demuestra la política que ha perseguido la administración de Obama, tanto a nivel interno como externo.

La masiva adhesión a estos conceptos de identidad no es algo inherente o innato. Es algo que ha sido cultivado a lo largo de muchos años con el objetivo de desorientar y debilitar la capacidad de lucha de las masas obreras en su conjunto. Uno de los más importantes indicadores de la preparación de una organización revolucionaria para ofrecerles a las masas obreras una ruta viable para salir de la actual crisis general es su capacidad de superar lo que es, en efecto, esta influencia ideológica desorientadora.

Donald Trump, un charlatán político, fascista, misógino, degenerado social, etc., se insertó dentro un vacío político que resultó de la prolongada crisis económica y la ausencia de un centro ideológico capaz de guiar el descontento masivo hacia una solución revolucionaria. No obstante, Trump representa una fuerte tendencia dentro de la clase dominante estadounidense. Es una tendencia que reconoce que para contener el creciente descontento de las masas estadounidenses se requiere no sólo el fortalecimiento del aparato represivo del Estado sino la movilización demagógica de los elementos más atrasados de la población en base a una completa subversión de su conciencia. Más allá de toda la discusión alrededor de la crisis del sistema político en EEUU o la supuesta bancarrota moral de tal o cual sector de la población que representa la victoria electoral de Trump, se encuentra la crisis de dirección política que sufren las masas obreras estadounidenses. Superar esta crisis de dirección política requiere volver a plantear la organización independiente de estas masas obreras sobre la base de su posición objetiva dentro de a sociedad capitalista.