Quiebras municipales, pensiones y nuevas dimensiones de la lucha de clases

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La voracidad del capital financiero poco a poco está agudizando las condiciones objetivas para la movilización popular en EEUU.

Especial para Abayarde Rojo

Carlos Borrero

La noticia de que Detroit se ha declarado en quiebra, la ciudad norteamericana más grande en hacerlo hasta ahora, presagia una extensión de la actual crisis social que aflige a los centros del capitalismo.  Como han señalado muchos observadores, esto es sólo el comienzo de lo que seguramente será una procesión de municipios endeudados que buscan deshacerse de sus deudas a través de la bancarrota.  El invariable resultado será la extensión de la campaña no declarada de austeridad actualmente impuesta sobre las masas de trabajadores norteamericanos.  Esta es la misma campaña que se está llevando a cabo en contra de la clase obrera en países como Grecia y Turquía, para nombrar algunos, y que ha precipitado masivas protestas en las calles.

El particular drama que se desenvuelve en Detroit ha traído a la luz pública las cuestiones de los fondos de pensiones y el racismo.  En los medios de comunicación, se ​​está llevando a cabo una ofensiva ideológica falsa y perniciosa en la que las pensiones públicas se presentan como un factor importante en el endeudamiento de ciudades como Detroit.  La implicación es que los cerca de 20.000 empleados municipales jubilados, en su mayoría policías y bomberos, de alguna manera provocaron la quiebra de una ciudad que, desde los años 30 hasta mediados de los años setenta mantuvo una población de más de 1,5 millones de personas.  Se está liberando una simultánea campaña racista para justificar la falta de respuesta de las políticas públicas ante la crisis.  Lo que los medios de comunicación nunca admitirán es que el declive de Detroit se basa en la particular forma del crecimiento capitalista, que se manifiesta como una yuxtaposición dinámica del desarrollo y el subdesarrollo, tanto a nivel internacional como dentro del territorio un país.  Bajo el capitalismo, la creación de riquezas va siempre acompañada del empobrecimiento, y el crecimiento económico de sectores y áreas geográficas, una vez superado cierto punto, siempre se transforma en la descomposición.

Las contradicciones del desarrollo capitalista y la ciudad de Detroit

La enorme acumulación de capital en la industria automotriz durante buena parte del siglo 20 dio lugar a la aparición de Detroit como el tan celebrado centro de producción para las empresas de automóviles de Estados Unidos.   Sin embargo, fue la misma inversión masiva en las fábricas, las máquinas, las nuevas tecnologías, etc. de los fabricantes de automóviles en pos de ganancias que, bajo condiciones de mayor competencia internacional durante los años 60 y 70, resultó invariablemente en una reducción de ganancias de las mismas empresas.  Como resultado, los fabricantes de automóviles estadounidenses persiguieron el único posible conjunto de estrategias de supervivencia posible bajo las condiciones de la producción generalizada de mercancías: cambiar la inversión productiva a las zonas de salarios más bajos al mismo tiempo de una intensificación de la explotación de la mano de obra que queda; reorganizar fábricas para mayor eficiencia, sobre todo a través de la introducción de innovaciones tecnológicas; y extraer subsidios del estado.  Estas estrategias, aunque fundamentales para el reciente resurgimiento de los fabricantes de automóviles estadounidenses, nunca tuvieron la intención de proteger los intereses de los residentes de Detroit.  De hecho, la historia de la industria automotriz de Detroit durante los últimos cien años es un caso de estudio de la tendencia en la tasa general de ganancia de bajar, tan magistralmente explicada por Marx en el tercer volumen de El Capital, con todas las consecuencias sociales negativas que ésta conlleva para los residentes del “Motor City”.

Se ha comentado mucho sobre la extrema dependencia de Detroit de la industria automotriz.  De hecho, el caso de Detroit tiene paralelos interesantes con los países coloniales y neocoloniales, en que la imposición de modelos económicos basados en la supuesta “ventaja comparativa” resultaba en el monocultivo, el cual dejó a sociedades enteras vulnerables a cualquier variación en los precios del mercado internacional.   Para Detroit, no hubo tal ventaja comparativa.

En efecto, Detroit retiene muy poco del aparato productivo de la industria automotriz que se le atribuye comúnmente en la imaginación popular.  El reciente aumento de las ganancia que han obtenido los fabricantes de automóviles estadounidenses se debe a tres décadas de reestructuración que consiste en la reubicación de las nuevas plantas de ensamblaje cerca de los mercados regionales y las zonas de salarios bajos (por ejemplo, México) mientras extraen más trabajo de la fuerza de trabajo que queda a través de nuevos acuerdos que dividen a los trabajadores.   Por ejemplo, en el más reciente contrato de la UAW, los trabajadores más jóvenes del sindicato se vieron obligados a aceptar una reducción salarial del 50% ($ 14 por hora) y una reducción de los beneficios, lo que les impide superar la línea de pobreza a menos que trabajen cientos de horas extras anualmente, como parte de un sistema salarial de dos niveles.

Sin embargo, esta reducción drástica de los salarios de acuerdo con los estándares de Estados Unidos sigue siendo superior a lo que se paga normalmente en zonas de salarios más bajos.  También es importante destacar que el rescate de la industria automotriz de EE.UU. entre 2008 y 2009, anunciado por muchos demócratas como medida necesaria para salvar puestos de trabajo, era en realidad una transferencia de $80 mil millones de los fondos públicos a los cofres de los Tres Grandes y sus afiliados, mediada por el estado capitalista, para facilitar una reestructuración adicional de sus operaciones.  Por lo tanto, la afirmación de que “Detroit ha vuelto” no es más que una frase de mercadeo demagógicamente utilizada para engañar a las masas de los norteamericanos.  Las ganancias de los fabricantes de automóviles estadounidenses han vuelto como resultado de su expansión por todo el continente y el mundo en busca de condiciones más rentables.  Pero esto no tiene nada que ver con las realidades diarias que enfrentan los residentes de Detroit, que están viviendo las consecuencias de los modificados patrones de inversión en la forma de un deterioro de las infraestructuras, escuelas y centros de salud inadecuados, así como el desempleo endémico.

Las pensiones y algunas nuevas dinámicas de la lucha de clases

En los países capitalistas avanzados, la lucha entre obreros y capitalistas adquiere una  forma modificada.  En sus dimensiones económicas, esta lucha siempre ha consistido en batallas sobre las condiciones directas del proceso de trabajo (por ej., duración de la jornada de trabajo, condiciones de trabajo, etc.) y los salarios inmediatamente percibidos.  Los salarios y las condiciones laborales son sin duda el foco de las luchas laborales en los países menos desarrollados y siguen siendo elementos importantes del conflicto entre trabajo y capital, incluso en los países capitalistas avanzados.  Las actuales huelgas entre los trabajadores de las cadenas de “comida rápida” en la ciudad de Nueva York dan prueba de esto.  Sin embargo, la clase dominante en los países capitalistas avanzados les ha concedido históricamente una parte de las ganancias excedentes a segmentos importantes de la clase obrera para asegurarle un nivel de vida relativamente más alto.  Esto debe entenderse como un resultado de la lucha, así como la necesidad de ampliar el mercado de consumo en aras de preservar el sistema y atenuar la militancia de la clase obrera.

Los actuales procedimientos judiciales sobre las pensiones en Detroit destacan una dimensión importante de la lucha de clases en las sociedades capitalistas avanzadas.  Las pensiones son en esencia “salario diferido” para asegurar que los trabajadores sean capaces de mantenerse y a sus familias una vez pasada la edad en la que participan activamente en el trabajo productivo.  Los fondos de pensiones son fondos de “salario diferido” que en los países capitalistas modernos típicamente se invierten en un esfuerzo por acumular el interés de bonos o dividendos de acciones, lo que en ambos casos equivale a una porción de la plusvalía redistribuida.

Una cuestión fundamental para la clase obrera es quién controla estas enormes sumas de dinero que se combinan y con qué propósito?  La resolución de esta cuestión constituye un indicador cada vez más importante de la correlación de fuerzas en la lucha de clases entre el capital y el trabajo.  Como tal, la madurez ideológica y la militancia de la clase obrera organizada se reflejan en su actitud frente a esta cuestión.  Es así porque la lucha por las pensiones implica a la clase obrera en las discusiones de planificación a largo plazo para la sociedad en su conjunto.  Este tipo de discusión tiene consecuencias sociales y políticas importantes porque hace posible una visión obrera de la reorganización de la sociedad que plantee un conjunto de prioridades diferentes de las impuestas por el capital.

En la actualidad, la clase dominante en los países capitalistas más avanzados controla los fondos de pensiones a través de las instituciones financieras.  Estas instituciones financieras administran los fondos tanto de los sistemas de pensiones públicos como de los privados con los mismos objetivos.  La principal diferencia entre ambos consiste en la mayor supervisión de los planes públicos, que proveen un “beneficio definido” que es legalmente protegido, al contrario de los planes privados como los más riesgosos 401k que están vinculados a los altibajos de la bolsa de valores.  Mientras que algunos sectores de la clase dominante se oponen a las pensiones públicas en base a que las garantías estatales de un perpetuo beneficio definido representa una carga para las arcas “públicas”, desde el punto de vista del capital financiero, hay poca diferencia entre las pensiones públicas y privadas.

Por ejemplo, en el estado de Nueva York, donde el jubilado promedio del sector público recibe una pensión de alrededor de $19.000 al año, hay más de $160 mil millones en activos actualmente invertidos en los fondos de pensiones del estado.  El capital financiero (por ej., Goldman Sachs, Blackstone Group, etc.) se apropia de literalmente cientos de millones de dólares de estos fondos en la forma de honorarios cada año.  La triste verdad es que el capital financiero invierte la mayor parte de estos fondos de pensiones en muchas de las mismas compañías que explotan a los trabajadores y patrocinan políticas públicas contrarias a sus intereses.

Lo que se resulta es un escenario en que los ahorros de los trabajadores son apropiados por el capital financiero.  Además de la obvia transferencia de riquezas, esto constituye una poderosa arma ideológica utilizada contra el trabajo ya que su futura seguridad se le aparece vinculada a la supervivencia del capitalismo como sistema.  A través de estos fondos de pensiones, los trabajadores aparentan asumir el papel de “inversionistas”.  Obviamente los trabajadores no tienen ningún poder real en la toma de decisiones con respecto a cómo se invierte este capital.  El increíble crecimiento de los fondos de pensiones, que según los cálculos de muchos superan los $20 trillones, y que muchos consideran los mayores inversores institucionales del mundo de hoy, prueba la escala en que se da la transferencia de riqueza del trabajo al capital hoy en día.  Esta riqueza, en lugar de satisfacer las necesidades de la gran mayoría, continúa enriqueciendo a una pequeñísima minoría.

El trabajo negro lleva la carga

 

La dimensión racial de la crisis que afecta a Detroit no puede pasar desapercibida.  Aproximadamente el 80% de los residentes de la ciudad son negros.  La masiva migración de los negros del sur a los centros industriales urbanos en el norte de EE.UU., la cual se aceleró en el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, fue recibida con hostilidad a gran escala por los blancos, incluyendo sectores importantes de la clase obrera.  Los barrios segregados y las desigualdades raciales caracterizaban cada vez más a Detroit y sus crecientes suburbios.  Estas tensiones raciales entre obreros blancos y negros a menudo brotaron en violencia.  Así sucedió en el infame caso de los motines raciales de 1967 cuando los jóvenes negros que protestaban la represión estatal se enfrentaron con la policía.  El fenómeno de la “fuga de blancos” creó un antagonismo entre las comunidades de los suburbios y los centros urbanos que se manifiesta en la política local como una influencia de los republicanos a nivel estatal mientras que las grandes ciudades como Detroit apoyan abrumadoramente a los demócratas.

A pesar de estos desafíos, los negros llegaron a ocupar un papel fundamental en la fuerza de trabajo de una de las industrias más importantes en los Estados Unidos. En algunos casos, los líderes obreros negros ocupaban cargos importantes dentro del movimiento obrero en su conjunto que les permitían mover a los obreros más allá de las divisiones raciales entre sí hacia posiciones cada vez más avanzadas con respecto al capitalismo.  Las contribuciones de los socialistas como James Boggs son el ejemplo más destacado de esto.

Hoy en día, se puede ver la hipocresía de los representantes políticos del capital estadounidense en todos los niveles.  Barack Obama, el primer presidente negro de EE.UU., cuyas dos victorias en Michigan se debieron en gran parte al apoyo electoral de la población mayoritariamente negra de Detroit declaró recientemente que la crisis que enfrenta la ciudad es un asunto “local”.  Sin embargo, este mismo no vaciló un segundo en seguir la política iniciada por Bush, quien organizó la transferencia de por lo menos $17 mil millones de fondos públicos a los Tres Grandes en 2008-2009.  Además de entregarles una suma adicional de $21,6 mil millones en los meses inmediatamente después de asumir la presidencia, hace poco Obama perdonó al menos 14 mil millones de dólares de lo que quedaba de la deuda para estas empresas que son ahora rentables.  En un reciente artículo de The Nation, David Zirin, uno de los pocos periodistas deportivos con inteligencia, señala la hipocresía del gobernador de Michigan Rick Snyder, que mientras Detroit se declaraba en quiebra aprobó un plan para utilizar $ 283 millones en dinero público para subvencionar la construcción de un complejo deportivo para los Detroit Red Wings, un equipo local de hockey, bajo el pretexto de que representa el futuro del desarrollo económico.[i] En el ámbito de la política local, se ha hablado mucho de la corrupción política que ha asolado la ciudad, reflejada sobre todo en la renuncia forzada del ex alcalde Kwame Kilpatrick tras ser declarado culpable de obstrucción a la justicia.  Es cierto que este tipo de corrupción es inaceptable en cualquier circunstancia.  Sin embargo, la insinuación de que sólo se produjeron hechos similares después del ascenso de los políticos negros a cargos públicos o que estas prácticas no son endémicas a través de todas las estructuras políticas de los Estados Unidos representa pura hipocresía y un racismo craso.

Por qué es importante Detroit

 

Hay miles de municipios en EE.UU. que están viendo de cerca los eventos en Detroit.  Lo cierto es que la estrategia de descargar de deuda municipal a través de un procedimiento de quiebra no hace nada para resolver los problemas estructurales que los residentes de pueblos, ciudades y condados en circunstancias similares a Detroit continuarán enfrentando.  Los trabajadores de EE.UU. deben entender que cualquier ataque a las pensiones que hasta el momento están legalmente protegidas es equivalente a un acto de guerra de clases, con unas consecuencias sociales de gran alcance.  La clase obrera norteamericana debe prepararse para responder a esta agresión de clase.  Para esto deben ir más allá de la escena actual de lucha, los tribunales, donde nunca habrá una discusión de las crisis estructurales del capitalismo o de una alternativa socialista, a los centros de trabajo, los planteles escolares y las calles.  Estos son los lugares en que sus representantes responsables, con altos grados de conciencia de clase deben facilitar la educación de las masas de trabajadores, y de donde el potencial transformador de la clase obrera estadounidense puede comenzar a realizarse.

A pesar de su disminuida influencia en el mundo, Estados Unidos sigue siendo un país poderoso. El imperialismo estadounidense continúa ejerciendo presión sobre el resto del mundo a través de una combinación de la fuerza económica y militar.  Sin embargo, las presiones de la competencia internacional tienden a dar rienda suelta a las fuerzas reaccionarias dentro de los Estados Unidos.  Estas fuerzas usan cada vez más el poder económico y militar de EE.UU. para perseguir las guerras de saqueo en el extranjero, mientras que subvierten y reprimen a los explotados dentro de su propio territorio.  La capacidad de la clase obrera de Estados Unidos de liberar una lucha de principios en Detroit tiene el potencial para iniciar una nueva ola de lucha progresista y contrarrestar la actual ola de reacción en el centro.  De hacerlo, los obreros norteamericanos enviarían un mensaje claro a sus hermanos de clase para continuar la lucha en el extranjero.

Carlos Borrero

29 de julio de 2013

Nueva York


[i] Zirin, David, (2013) The Nation, On vultures and Red Wings: millionaire gets new sports arena in bankrupt Detroit (29 de julio) http://www.thenation.com/blog/175467/vultures-and-red-wings-billionaire-gets-new-sports-arena-bankrupt-detroit#axzz2aTcpuHSM