Mujer, agricultura y pobreza

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El trabajo de la mujer en el capitalismo puede incluir tanto funciones asalariadas, como funciones no remuneradas, pero esenciales para el sistema, que cumplen con las necesidades de reproducción de su fuerza de trabajo: la crianza de futuros proletarios, saludables y disciplinados, del campo o de la ciudad, que entran al ejército laboral para ser explotados por la clase patronal.

Por Mariel Rivera

Hoy día, la mujer campesina representa una cuarta parte de la población mundial. Muchas venden su fuerza de trabajo al modelo agrícola de producción conocido como “revolución verde”, un subproducto de la Segunda Guerra Mundial. Este envuelve una serie de descubrimientos que desataron la industrialización de la agricultura y su explotación sobre los recursos naturales y las comunidades locales. La revolución verde se caracteriza por la deforestación, el uso de pesticidas tóxicos, la mecanización y el monocultivo.

Los hombres constituyeron la fuerza laboral más explotada bajo este modelo agrícola, pero en las últimas décadas y como resultado de la migración masculina de los campos hacia la ciudad se ha manifestado un nuevo fenómeno, la feminización de la agricultura. Esta tendencia ha propiciado una doble jornada para la mujer de la zona rural ya que además de trabajar en las faenas del hogar y en la crianza de sus hijos debe salir a los campos a vender su fuerza de trabajo.

El trabajo de la mujer en el capitalismo puede incluir tanto funciones asalariadas, como funciones no remuneradas, pero esenciales para el sistema, que cumplen con las necesidades de reproducción de su fuerza de trabajo: la crianza de futuros proletarios, saludables y disciplinados, del campo o de la ciudad, que entran al ejército laboral para ser explotados por la clase patronal.

Hoy las mujeres campesinas son responsables de la mitad de la producción de alimentos a nivel mundial. Según la Organización de Agricultura y Alimentación (FAO), son las principales productoras de los alimentos básicos de los que dependen las comunidades más pobres del mundo. A pesar de esto, en muchos países se violan los derechos de las mujeres pagándole menos de lo que se les paga a los hombres por realizar el mismo trabajo.

La alimentación —un derecho humano fundamental— es controlada por los monopolios del mercado internacional. Las condiciones materiales creadas como resultado de este modelo empujan a cientos de miles de hombres y mujeres a trabajar en las fábricas agrícolas a pesar de las condiciones infrahumanas a las que se exponen. Reciben salarios míseros mientras se exponen continuamente a contaminantes que afectan dramáticamente su salud y la de su prole. Anualmente, alrededor de veinticinco millones de trabajadores y trabajadoras agrícolas son intoxicadas por el mal uso de plaguicidas. De estos, al menos veinte mil mueren. ¿Vale más la capacidad de enriquecerse de unos pocos que la vida de miles de seres humanos?

La venta de plaguicidas genera más de treinta mil millones de dólares anuales a las compañías productoras entre las cuales se encuentran Monsanto y Syngenta. Ambos monopolios de la agroindustria mundial operan miles de cuerdas en Puerto Rico destinados a la producción de semillas transgénicas o genéticamente modificadas. El estado y los grandes intereses “justifican” la producción de sus tecnologías como soluciones a los problemas de hambruna y sobrepoblación mundial que su mismo sistema provoca. Su hipocresía esconde el lucro personal y se manifiesta en todos los sectores de la industria agrícola.

Esta es la oscura historia de la gran mayoría de los alimentos que consumimos ya que el ochenta porciento del alimento en Puerto Rico es importado y de calidad cuestionable. Aunque nuestro ingreso bruto agrícola apenas representa el uno porciento, se desatan constantemente importantes luchas en contra de la contaminación y el mal uso de pesticidas en nuestro archipiélago.

La realidad sobre la dirección que ha tomado la agricultura y sus efectos adversos a la sociedad y al ambiente han despertado un interés mundial en el tema. Vía Campesina es la representación máxima de la organización colectiva de este sector marginado por el capitalismo. Está compuesto por más de ciento cincuenta organizaciones de setenta países de África, Asia, Europa y América. Luchan por la soberanía alimentaria, el derecho de los pueblos a alimentos sanos y a decidir sobre sus propios sistemas agrícolas. Su lucha nos sirve de ejemplo para mostrar al mundo que la vida no se compra ni se vende.