La Revolución avanza…

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No se puede minimizar la aportación de las trabajadoras asiáticas a los procesos de liberación nacional de sus países, y a las grandes derrotas históricas  que sufrió el imperialismo en el siglo 20.

En China integraron las filas revolucionarias en las guerras contra Japón y contra el Kuomintang. Las guerreras vietnamitas, en el Viet Minh, así como en el ejército regular de la República Socialista y en la guerrilla del Viet Cong fueron parte indispensable de las victorias contra los Estados imperialistas de Francia y Estados Unidos.

No obstante, las tradiciones ancestrales del patriarcado asiático, nunca fueron erradicadas totalmente en las aldeas de estas sociedades predominantemente rurales y agrícolas. El desvío desarrollista que han tomado estos países, a través del atajo de la acumulación capitalista, coloca en primer plano el asunto de la disponibilidad de una fuerza de trabajo asalariada que corresponda a las necesidades del capital. La transición hacia la integración económica a las cadenas globales de producción se traga a millones de trabajadoras, migrantes de las aldeas agrícolas a los centros industriales, y las subordina a los niveles inferiores, y peor remunerados, del sistema de explotación.

Una vez absorbidas como fuerza de trabajo asalariada, esta inmensa masa se convierte en presa de las campañas de realización de la acumulación —los circuitos de consumo. Se alienta a las nuevas integrantes del proletariado industrial, mediante perversos y ubicuos mecanismos publicitarios, a transformar sus míseros salarios en mercancías de la moda y la “belleza”. La mayoría de estas jóvenes trabajadoras, recién llegadas de las espartanas costumbres de las aldeas agrícolas, cae presa, según lo analiza la economista Jayati Ghosh, de la adopción de valores retrógrados sobre la apariencia y la “belleza”, como mercancías de extracción occidental, que empujan a las trabajadoras dentro del sistema capitalista «a nuevas formas de explotación social potencialmente tan perniciosas como las antiguas formas patriarcales».

Los requerimientos del capital en estas cadenas globales de producción enfatizan los salarios bajos y la flexibilidad laboral —largas jornadas y horas irregulares— más fáciles de imponer a mujeres jóvenes y solteras, recién migradas de las aldeas rurales, para quienes el escape de la opresión patriarcal tradicionalista ofrece, de entrada, un incentivo cultural atractivo.

Las luchas de las mujeres trabajadoras en Asia, en contra de las prácticas más retrógradas del capitalismo —de características primitivas— que se amparan en el patriarcalismo tradicional de esas culturas ancestrales, tienen que confrontar a la misma vez las prácticas de explotación laboral del capitalismo transnacional.

Una característica de ese capital la concentración del control financiero en un puñado de nódulos en el mundo desarrollado —notablemente Wall Street y el City de Londres— a la vez que se decentralizan y se esparcen los eslabones de las cadenas de producción, allí donde las condiciones de explotación sean más favorables, típicamente en operaciones subcontratadas a empresas asiáticas que producen un componente, una pieza, o un proceso, que eventualmente se integran, en alguna parte del planeta, en una mercancía completa.

Estos eslabones pueden explotar con mayor impunidad las vulnerabilidades de la clase trabajadora local.

Mientras puedan mantener su competitividad sobre otras empresas de otras regiones, siguen siendo favorecidos con los subcontratos de las grandes transnacionales, como Adidas y Nike, por ejemplo, en el caso del calzado deportivo. Cuando pierden su capacidad de extraer plusvalía en volúmenes apropiados, los subcontratos se mueven a otras regiones que son capaces de satisfacer las necesidades de esta nueva forma de “imperialismo” transnacional.

Esa maquinaria de explotación es la que las trabajadoras  y trabajadores del mundo tenemos que derrocar y expropiar. Mientras impere sobre nuestras vidas, no será posible ningún tipo de soberanía.