Nuestro deber es luchar – Prólogo

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MÁS DE NUEVE HORAS DE DIÁLOGO CON EL INFINITO

Ya se habían ido los momentos más cálidos del fresco mediodía del viernes 10 de febrero de 2012, cuando se llenó  la sala 2 del Palacio de las Convenciones de La Habana. Del lado del auditorio, 69 visitantes de 21 países y 48 de Cuba. La mayoría, escritores invitados a la XXI Feria del Libro e intelectuales de diversas disciplinas académicas y científicas, convocados todos por la Red En Defensa de la Humanidad  a un Encuentro “por la paz y la preservación del medio ambiente.”

Sobre la 1 y 20 de la tarde, el intranquilo e informal diálogo de la espera fue sustituido por el aplauso de bienvenida al  líder histórico de la Revolución Cubana.  Fidel Castro entró con una ligereza sorprendente y tras un gesto afable de saludo colectivo se sentó entre Abel Prieto, Ministro de Cultura y Zuleica Romay, Presidenta del Instituto Cubano del Libro (ICL) y Premio Casa de las Américas, quien  presentó a las personalidades más prominentes entre los invitados y comentó las generalidades del conjunto. Entonces preguntó al anfitrión qué le parecía el auditorio.

“Infinito”, respondió Fidel sonriendo y seguramente imaginando cuánto podría extenderse aquella conversación  con la sólida representación de la intelectualidad de izquierda que desde el año 2003 y por iniciativa del  propio líder de la Revolución cubana se nucleó en la Red.

Más de nueve horas se extendió el intercambio, iniciado con una introducción reflexiva de la Presidenta del ICL  en torno al motivo del encuentro: retomar el alerta que hace 20 años lanzara Fidel en la Cumbre de la Tierra sobre el riesgo de extinción que amenaza a la especie humana, más grave hoy que hace dos décadas.

Con la presencia del Premio Nobel de la Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel y el mexicano Sergio Pitol, Premio Cervantes 2005, los debates gravitaron sobre éste y otros temas urgentes. A veces el tono era de notable preocupación frente a la posibilidad de la extinción de la especie humana, el agotamiento de los recursos naturales, la perversión de las transnacionales mediáticas y la aparición de artefactos de guerra y hasta de control de la mente, que nadie imaginó antes ni en las peores fantasías.

En otras ocasiones, el humor y la esperanza se enseñoreaban en el ambiente y todos los sueños de la raza humana parecían, más que posibles, cercanos.

Los asistentes se encontraron con un Fidel íntimo, que los recibió  con el afecto que solo se dispensa a entrañables compañeros en el viaje de la vida. A ellos  trasmitió sus angustias por el destino humano, pero solo después de escucharlos a todos con  la mayor atención. Fuentes vivas donde saciar  su inagotable sed de conocimientos;  espíritus críticos con los que confirmar sus preocupaciones más profundas, mientras cada uno de ellos  exponía sus ideas, se podía seguir el rumbo de los pensamientos del líder cubano por la expresión de su mirada, por ese gesto tan usual en él de extender el dedo índice para enmarcar su cara o acariciar distraídamente la barba. Más de uno intentó renunciar al uso de la palabra para escucharlo y no abusar de su resistencia física. Él movía la mano en el aire  desestimando la propuesta e insistía: “Yo vine a oírlos a ustedes…”

Nueve horas de conversación, interrumpidas por dos breves recesos. Se dice rápido, pero quien en medio siglo haya seguido al líder de la Revolución cubana sabe que esos 540 minutos suponen la intensidad de varias bibliotecas y una carga emocional que durará días y ya no olvidarán los que la vivieron. “Qué memoria inagotable y privilegiada”, se le oiría decir  a la poeta y Premio Nacional de Literatura, Fina García Marruz. “Es el Fidel de siempre”, comentaría  admirado Ignacio  Ramonet, autor de un voluminoso libro de entrevistas con el Comandante.

Fue precisamente el escritor y periodista español quien abrió el diálogo, con una síntesis de sus palabras al recibir esa misma mañana el Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana. Centrado en las prácticas del sistema mediático global, donde la información funciona como una rara mercancía que se oferta gratuitamente y cada vez más banalizada, porque el fin último no es informar sino vender personas a los anunciantes, la tesis de Ramonet puso a girar el debate en torno a todo lo que pueden y deben hacer los intelectuales para evitar una catástrofe planetaria, cuando los esfuerzos por mover las conciencias chocan continuamente, como apuntó Abel Prieto, “contra la manipulación o el silencio”.

Pero, la escritora y periodista argentina Stella Calloni, daría una puntada en otro sentido, más introspectivo y autocrítico, al demandar  una urgente reactivación de la red, porque, se lamentó angustiada, “es aterrador el silencio con el que la Humanidad está asistiendo a sucesivas guerras”.

Casi siete horas más tarde, sus palabras tendrían eco en las del intelectual brasileño Frei Betto, quien reclamaba una autocrítica para valorar “nuestra inserción social” y generar proyectos, no solo indignación, porque ésta no basta para resolver la injusticia global.

Entonces tomó la palabra Fidel, levantando un paquete de reportes de prensa entre las manos. Son noticias solo de los tres últimos días, advirtió y propuso leer y comentar algunas para confirmar la gravedad de la alarma que los había reunido. A la  conversación le quedaba más de una hora por delante.

“Lo menos que podemos hacer es lograr que la población esté informada”, dijo  y propuso armar este libro con todas las ideas y propuestas vertidas en el encuentro, revisadas y ampliadas por sus autores. “Hay que luchar, es lo que hemos hecho siempre ”, afirmó como otras veces,  para finalizar con una convicción de rebeldía permanente: “no nos podemos dejar vencer por el pesimismo.”

La Habana, 10 de febrero de 2011.

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