La lucha de clases en Puerto Rico / 4 / Dos sociedades en un archipiélago

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Dos sociedades en un archipiélago

Los guaynabitos aspiran a ser los patricios de Puerto Rico, atendidos en todos sus caprichos por nosotros, los plebeyos.

El Guaynabazo y sus proyectos del waterfront es la punta de lanza de nueva tanda de construcción de hoteles de lujo, casinos, condominios millonarios, y residenciales exclusivos de acceso controlado, para la oligarquía colonial y la extranjera —esa costra parasitaria del capitalismo internacional que se ha ganado el nombre de lumpenburguesía. En esta visión de clase, el país se divide en dos: el paraíso de los encantadores placeres patricios, para los explotadores, y los espacios sobrantes para los explotados —los trabajadores que debemos atenderles sus placeres y servirles sus estilos de vida indolentes y decadentes.

El desarrollismo y la construcción serían las palancas que activarían el plan financiero de Wall Street: la recirculación permanente de la deuda sobre bases de solvencia privada y pública.

La especulación financiera es el sustento principal de ese plan. Este sector de la oligarquía colonial que se apoderó de la Rama Ejecutiva (sin duda, con la ayuda del aparato represivo federal), ha pactado con los bancos de Wall Street un esquema de extracción financiera que beneficiará inmensamente a los imperialistas, que le permitiría a sus agentes locales, los serviles guaynabitos, sus comisiones y premiaciones, pero que sacrificaría las bases, naturales y sociales, sobre las cuales los trabajadores puertorriqueños podemos construir una sociedad de prosperidad sustentable y justicia social.

Acumulación sin producción

El plan no contiene una estrategia de producción puertorriqueña para el mercado mundial, con su consecuente generación local, y acumulación, de plusvalía.

No se trata de un fenómeno nuevo, ni exclusivamente puertorriqueño. Wall Street hace rato que dejó de ser el instrumento financista del capital industrial en Estados Unidos. Se convirtió en el principal epicentro de la circulación de valores a través del mercado capitalista mundial, y poco les importa a los plutócratas que rigen el imperialismo financiero si en Detroit se producen carros, o si se producen en São Paulo.

Lo que importa para el imperialismo del siglo 21 es de que se produzca y se acumule la plusvalía, en aquellos puntos geográficos donde las tasas de explotación sean más altas, y donde no exista la resistencia política a la contaminación y la destrucción del ecosistema. La meta es que esa descomunal masa de acumulaciones circule sin trabas ni fronteras, y que la gran parte de ella se atrape en las redes de los bancos imperialistas, donde se emplea para efectuar las más complejas y oscuras transacciones, criminales y especulativas, que le generan a sus banqueros fabulosas fortunas, y que llevaron recientemente al sistema completo al borde del precipicio.

Lo que es nuevo es que se abandone, sin ninguna ceremonia, la estrategia moscosista del fomento industrial, de promover a la clase trabajadora puertorriqueña en el mercado laboral mundial. Los guaynabitos han tomado una posición tajante: los trabajadores puertorriqueños no pueden competir con los trabajadores mexicanos, indonesios, o filipinos en cuanto a las tasas de plusvalía que le ofrecen al capital internacional. Puerto Rico no puede competir favorablemente por esas inversiones de capitales en contra de Brasil, India o China.

Dentro del Partido Popular quedan residuos de esos intereses de promoción manufacturera. Los soberanistas que se están organizando políticamente basan sus aspiraciones en que Puerto Rico pueda llegar a tener una base industrial robusta.

Los guaynabitos, por el contrario, no cargan con ese lastre. No sienten ninguna pena en abandonar lo que ellos ya han evaluado como ilusiones de progreso social dentro de la sujeción colonial. Más livianos que los populares, sin sueños trasnochados de nacionalismos culturales que aquéllos cargan, más auténticamente “americanitos” que nadie en el PNP, pueden lanzarse decididamente y con bríos a transformar a Puerto Rico a su imagen y semejanza: una sociedad improductiva, profundamente polarizada entre el privilegio parasitario (ellos) y la miseria explotada (nosotros).

Éste es el futuro que vislumbra la camarilla de guaynabitos que le administra a Wall Street la colonia. Es un futuro sin futuro, en el que se instalaría en nuestra sociedad un esquema más parecido al feudalismo que al capitalismo. Los poderosos vivirían en sus castillos, parásitos subsidiarios enchufados a los circuitos de extracción financiera global imperialista. Los siervos viviríamos en los espacios sobrantes que ellos no apetecieran. De ellos serían la educación del privilegio y la cultura internacional, a título de pertenecer a la creciente lumpenburguesía global, que se desarrolla como costra improductiva del sistema capitalista mundial. Para nosotros, nuestra propia cultura proletaria, de salsa, reggaetón y jangueo, y la capacitación artesanal en algún oficio servil. Trabajaríamos para servirles a sus propiedades y a sus placeres. Pagaríamos tributos, rentas y peajes para poder subsistir en nuestro propio país. El enlistamiento en las fuerzas armadas, como carne de cañón en las cada vez más frecuentes guerras imperialistas, sería una de las pocas escapatorias de esa condición de servilismo y postración permanente.

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Nada que perder, excepto nuestras cadenas
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Introducción

Sección 1:
El Gasoducto de la Muerte
Sección 2:
Las autopistas y las APP
Sección 3:
El Guaynabazo
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Dos sociedades en un archipiélago