Los puertorriqueños estamos experimentando un serio desajuste social. Es el fenómeno que se experimenta cuando la organización económica de la sociedad entra en crisis, y no existe una alternativa que la sustituya sin profundos cambios al status quo. En esos momentos, los sectores privilegiados asumen una actitud de sálvese quien pueda, y tratan de imponer soluciones que benefician a sus intereses muy particulares, sin importarles el daño permanente que puedan infligirle a la ecología natural y a la sociedad. Tal es la conducta de la llamada camarilla guaynabita que administra la colonia.

Nos amenaza la Bestia de Wall Street

La Bestia de las Mil Cabezas de Wall Street

Los puertorriqueños estamos experimentando un serio desajuste social. Es el fenómeno que se experimenta cuando la organización económica de la sociedad entra en crisis, y no existe una alternativa que la sustituya sin profundos cambios al status quo. En esos momentos, los sectores privilegiados asumen una actitud de sálvese quien pueda, y tratan de imponer soluciones que benefician a sus intereses muy particulares, sin importarles el daño permanente que puedan infligirle a la ecología natural y a la sociedad. Tal es la conducta de la llamada camarilla guaynabita que administra la colonia. No representa los intereses de un sector substancial del País, ni siquiera de su base política, lo que provoca luchas intestinas dentro del PNP. Resignados a que no existen alternativas aceptables para la mayoría de los puertorriqueños —a no ser soluciones revolucionarias que ellos temen y aborrecen— optan por esquemas improductivos de especulación y pillaje que favorecen a los intereses de Wall Street y a sus fortunas personales.

De azúcar y de bombas

Con la expulsión de la Marina imperialista de Vieques y Ceiba se derrumbó uno de los dos pilares del régimen colonial que se instaló en 1898. El otro puntal siempre lo ha provisto la banca inversionista de Wall Street, que en 1898 empujó a la administración de William McKinley a arrebatarle las colonias azucareras a España, y a anexarse a Hawái, para favorecer a su trust del azúcar, la American Sugar Refining Company (con sede en el 117 de Wall Street). Lo demás es historia. El trust azucarero de Wall Street transformó a Puerto Rico en una de las más productivas inversiones del mundo, al costo de las vidas, el sudor y la sangre de los trabajadores de la caña. De paso, se transformó profundamente la sociedad puertorriqueña.

Operación Manos a la Obra

El modelo económico azucarero de Wall Street sucumbió ante el avance de la industria remolachera, y después de un prolongado periodo de incertidumbre y de agitación revolucionaria nacionalista, Wall Street le halló un nuevo uso a la colonia: la absorción de los capitales que se acumulaban en sus bancos después de la guerra antifascista. Implantó su Operación Manos a la Obra (Operation Bootstrap), administrada por Teodoro Moscoso y el Partido Popular Democrático (PPD). El sometimiento servil de los jerarcas  del PPD a los intereses financieros de Wall Street y a los intereses militaristas del Pentágono sirvió para revitalizar el régimen colonial, y de paso transformar una sociedad agrícola y rural en una manufacturera y urbana (realmente, suburbana). Esto vino acompañado del programa muñocista de beneficencia social, acuñado bajo el amparo del Nuevo Trato.

Muy pocas firmas de las que fueron incentivadas por esta Operación para que explotaran nuestra fuerza de trabajo y contaminaran nuestro entorno natural han permanecido en Puerto Rico. La inmensa mayoría se desplazó hacia lugares donde procurarse mejores tasas de ganancias. Las propias estructuras coloniales, con sus contradicciones entre el sometimiento político colectivo y la evolución de los derechos individuales de la ciudadanía americana, le imponen trabas insalvables al desarrollo capitalista de la colonia.

Las mil cabezas de la Bestia

La camarilla guaynabita que administra la colonia abandonó la ilusión de que Puerto Rico compita productivamente en el mercado capitalista mundial. Aún así, tiene la misión impuesta por Wall Street de reducir los costos de hacer negocios en Puerto Rico, comenzando por el desmantelamiento del muñocismo. Esas políticas de protección social comprometen la capacidad de la colonia de insertarse en un programa de bajo riesgo de reciclaje y pago de la deuda. Éste es el nuevo modelo improductivo que Wall Street quiere imponernos. Se basa localmente en los intereses económicos de las empresas desarrollistas y de construcción —con énfasis en hoteles, casinos, condominios de lujo, clubes privados de golf y marinas— pero su médula es la venta y el pago de bonos y otros instrumentos de deuda. Este esquema asoma sus mil cabezas en forma de gasoductos, puentes a Vieques, y las infames APP que lanzan al mercado a la infraestructura productiva del país.

Cada uno de estos proyectos representa una seria amenaza para Puerto Rico. Hay que combatirlos con audacia y astucia. Pero cometeríamos un error si fragmentamos la lucha combatiendo cada uno individualmente. Mientras le cortamos una cabeza a la Bestia, las otras nos atacarán y nos devorarán. Además, una nueva ocupará su lugar. A la Bestia hay que derrotarla en su corazón financiero. Los inversionistas que les facilitan su capital a los bancos de Wall Street tienen que enterarse de que sus inversiones en esta colonia inestable, decrépita y corrupta no son de bajo riesgo, sino todo lo contrario. Paralizándole el corazón a la Bestia es la única manera segura de derrotar todas sus monstruosas cabezas que nos amenazan con la servitud colonial perpetua.

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